Capitán Rido-10-11-Los hombres odian a los heroes

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Cómics: FUTURO Nº 1. NOVELAS DE CIENCIA Y FANTASÍA. CAPITÁN RIDO. J. HILL, JOSÉ MALLORQUÍ. EDICIONES FUTURO. - Foto 1 - 93117050 

LOS

HOMBRES ODIAN

A LOS HEROES

 

por

José Mallorquí

 

2-3


 

 

 

 

 


LOS HOMBRES ODIAN A LOS HEROES

 

 

 

 

CAPITULO PRIMERO

 

 

       El tribunal dictó su sentencia: El capitán Pablo Rido era desterrado del planeta Tierra y debería abandonarlo dentro de las próximas veinticuatro horas. Hasta entonces no cambiaría conversación con nadie. Con él serían desterrados Manuel Pereira y Sánchez Planz. La acusación que se había presentado contra los tres era de incapacidad técnica, descuido imperdonable en sus deberes, ineptitud y complicidad en la muerte de seiscientos tripulantes del crucero Sasos.

       La mayor parte de sus bienes se incautarían para indemnizar a las fami-  lias de las víctimas.

       –Ninguno de los tripulantes tenía familia próxima -dijo Sánchez Planz-. Los escogen solteros y sin padres a quienes mantener. ¡Digan de una vez que están deseando quedarse con nuestro dinero!

       El tribunal no hizo caso de los comentarios de Planz. Al día siguiente debían salir desterrados hacia Júpiter, donde el más alto Tribunal los juzgará de nuevo para decidir si la sentencia debía ser más grave o los condenados merecían el perdón.

       Pereira cuando supo esta última decisión del Tribunal gritó:

        –¿Por qué no nos matan aquí mismo? Nos ahorrarán molestias. ¿Desde cuando el Tribunal Supremo de Júpiter ha encontrado leve una sentencia dictada por Tierra? Allí viven unos salvajes que se complacen en atormentar a todo el que cae en sus manos…

       –No se canse, Pereira -aconsejó Rido-. Lo peor que se puede hacer en la vida es ayudar a los demás. Debimos haber traído a la tierra a los habitantes de Calipso. Seguramente en ellos hubiéramos encontrado mayor reconocimiento que entre nuestros compatriotas.

       Una guardia armada con antiguos rifles de repetición, tan anacrónicos en aquellos tiempos como debían serlo las alabardas en el siglo XX, condujo a los condenados hasta la oficina de la Agencia de Viajes T. E. T. (Tiempo espacio, tiempo) fundada por el padre de Rido.

       –Quizá  podamos escapar en la máquina del tiempo -dijo Planz.

       –Creo que si lo intentásemos nos encontraríamos con una desagradable sorpresa. Forzosamente tienen que haber previsto la posibilidad de fuga hacia el pasado o el futuro. Si eso no les interesa, seguramente habrán dispuesto alguna trampa para que caigamos en ella. Y si les interesa que nos marchemos hacia otro tiempo, entonces yo soy quien no les quiere dar ese Placer. Me quedar‚ aquí y dejar‚ que me lleven a Júpiter. Hace tiempo que me interesa ver qué  ocurre  en la Federación de los Trescientos asteroides.

       Al jefe de la fuerza que les custodiaba, le preguntó qué se esperaba de ellos en aquel lugar.

        –¿Para qué nos han hecho traer aquí? -preguntó.

       El oficial respondió, bajando la voz:

       –Tengo orden de permitir su fuga en la máquina del tiempo; más si no la usan debe permitirles que recojan algunas cosas de uso personal y nada más.

       –Gracias.

       Rido no estaba seguro de si el oficial decía la verdad o, simplemente intentaba inducirles a que se lanzaran a una peligrosa aventura.

       –Usted sirvió a las órdenes de mi padre, ¿Verdad?

       –Sí -respondió el oficial.

       –¿No puede decirme nada más?

       El hombre vaciló.

       –No sé cómo explicarlo, capitán. Para mí significa mucho. Quiero decir… materialmente.

       –Hable claro y… no se arrepentir . De todas formas le digo por anticipado, que conociendo lo peligroso que es jugar con las máquinas del Tiempo ni por un momento se me ha ocurrido lanzarme a través del tiempo, exponiéndome a no poder regresar jamás.

       –Hace bien -respondió el oficial-. ¿Podemos pasar a su despacho?

       Una vez solos, el oficial explicó cuales eran sus órdenes:

       –Debo permitirles que se marchen en la máquina del Tiempo. Que se vayan al pasado o al futuro. Ni en un sitio ni en otro podrán causar molestias al actual Gobierno.

       –¿Y si volvemos?

       –No volverían, porque transcurridos cinco minutos de su marcha, ésta casa habría sido destruida hasta los cimientos, sobre todo la sección correspon-  diente a la máquina del Tiempo.

       –No me extraña. En fin, podemos hacer una cosa. Yo prefiero ir a Júpiter y conocer los misterios de esa Federación de los Trescientos Asteroides. ¨Y tú, Pereira?

       Este inclinó la cabeza.

       –Me gustaría retroceder al siglo Veinte. Creo que era una época mucho más tranquila. Además… pienso en mis amigos, en Peter y en Klaus. Me entristece pensar que han muerto. En cambio si retrocedo al pasado, sentir‚ cierto alivio pensando que todavía no han nacido.

       –¿Ya sabe a lo que se expone volviendo al pasado? -preguntó Rido-. O debe permanecer al margen de todo lo que suceda, sin unirse en matrimonio, sin curar a nadie, sin matar; en fin: sin hacer nada que pueda alterar el curso de los acontecimientos que Ya han sucedido.

       –Lo sé. Si lo hago crear‚ otro curso del tiempo paralelo al que dio origen a éste presente. Y no podré regresar al siglo Treinta.

       –No, no podría regresar aunque yo intentase traerle de nuevo aquí, porque sus actos habrían cambiado todo el curso de. la vida y de la Historia.

       –No importa. Prefiero aquella época.

       –Recuerde que si busca paz se va a encontrar metido en varias de las peores guerras que hubo en aquella época. Recuerde que a mediados de aquel siglo tuvieron lugar las primeras guerras atómicas.

       –Sitúeme en el mil novecientos veinte y como ya sé dónde situarme para que no me alcancen las salpicaduras de la guerra, déjeme en el Canadá. Allí no ocurrió nada hasta después de mil novecientos cincuenta y tres, cuando el ataque ruso por encima del Polo Norte. Sabiendo todo lo que puede ocurrir, me será fácil esquivar los golpes.

       El oficial no tuvo inconveniente en que Pereira se lanzara al pasado. Rido se despidió de su amigo y él mismo puso en marcha los mecanismos. Cerró la cabina dentro de la cual se había sentado Pereira y la puso en funcionamiento. Cinco minutos después de la partida de Pereira, se abrió de nuevo la puerta de la cabina. Esta se hallaba vacía. Manuel Pereira había quedado en el mundo del pasado, en el 1920, en una calle de Quebec.

       –Veremos cómo se las compone -dijo Rido-. ¨Y tú, Sánchez?

       –Yo no me separo de ti. Adónde tú vayas iré yo.

       –Lo más sensato hubiese sido irnos a otra época; pero al hombre le cuesta mucho vivir fuera de su tiempo. Estorba la excesiva civilización y fastidia el atraso que nos impide adquirir las cosas más sencillas de nuestro tiempo. Además, no me gusta la idea de que destruyan nuestra máquina.

       Volvió al despacho y de un cajón secreto sacó una caja metálica llena de billetes de banco.

       –Tome, para usted -dijo al oficial-. Son quinientos mil escudos. Puede que no le asciendan; pero con esto se podrá retirar a la vida privada. Y yo no voy a necesitarlos, por ahora.

       –Gracias -respondió el oficial-. El que usted no se haya marchado en la máquina del Tiempo se considerar  un fallo por mi parte y se me tendrá en cuenta. Me veré obligado a pedir la baja en el servicio.

       –Celebro poderle ayudar -sonrió Rido-. ¿Qué cosas puedo llevarme?

       –Ningún dinero, ningún arma. Sólo alguna ropa, tabaco y libros. Saldrá en el transporte que mañana se dirige a Júpiter.


CAPITULO II

 

 

 

 

TRAICION

 

 

       El oficial les dejó un momento para comunicar unas órdenes a sus hombres, luego regresó seguido por uno de ellos que traía una bandeja con café y licores.

       –Mientras esperamos podemos tomar algo -dijo.

       Rido y Sánchez Planz sólo aceptaron café. Este era muy fuerte y excelente; sin embargo al cabo de un momento de haberlo tomado, Rido comenzó a sentir sueño.

       Miró a Sánchez y por la expresión de sus ojos comprendió que el fuerte café también producía en él los mismos y extraños efectos.

       –Ya es demasiado tarde -dijo al oficial, que estaba ante él, mirándole fijamente-; pero no quiero que se vaya sin saber que es usted un canalla.

       –Lo lamento, capitán -replicó el otro-. He tenido que cumplir órdenes. Debe usted ser enviado a otro tiempo. Si puedo hacer algo por usted…

       –Sí -dijo Rido-. Péguese un tiro.

       Las ideas se confundieron en su mente, todo giró ante sus ojos y un creciente zumbido resonó en su cabeza. Era como el zumbido de un antiguo motor de aviación.

       Cuando los dos prisioneros quedaron sin sentido, vencidos por la potencia del narcótico, el oficial salió del despacho y llegando a una de las habitaciones inmediatas al vestíbulo, se cuadró ante Miklos Galer, que había reemplazado a Kal Okers en la Jefatura del Gobierno de la Galaxia.

       –Sus órdenes se han cumplido -anunció.

       –Gracias, comandante Arthur -respondió Galer-. Sus servicios serán debidamente apreciados. Puede conservar el dinero que le ha entregado Pablo Rido. Supongo que ya ha comprendido la importancia que para usted tiene el que no se hable demasiado de lo que ha ocurrido aquí.

       –Desde luego -asintió Arthur-. No recuerdo absolutamente nada.

       –Siga su trabajo hasta el fin. Hágalo solo, sin pedir ayuda a sus hombres.

       No fue fácil conducir a Rido y a Sánchez Planz hasta la cabina de la máquina del Tiempo. Los dejó tendidos en el suelo y entretanto Galer fue manipulando los mandos para el viaje de la cabina.

       –Con cinco millones de años tendremos bastante -dijo.

       Luego agregó:

       –¿Quién los sacará  de la cabina cuando lleguen a su destino?

       Miró a Arthur y al verle palidecer, sonrió:

       –No, no irá  usted solo. Iremos los dos. Es un momento. Usted no se fiaría de mí. Estaría convencido de que yo haría regresar la máquina, ¿verdad?

       -­¡Excelencia!

       –En su lugar yo pensaría lo mismo -sonrió Miklos Galer-. Iremos juntos y volveremos juntos. Iría yo solo para echar fuera de la cabina al capitán y a su amigo; pero creo que tampoco me fío mucho de que usted se abstuviese de hacerle algo a la máquina. Yendo juntos vamos mucho más seguros los dos. En cuanto lleguemos al pasado echamos fuera a estos dos y regresamos.

       Arthur inclinó la cabeza y se dispuso para el viaje. En su mano derecha había una bolita de papel que deslizó dentro del bolsillo izquierdo de Rido en un momento en que se inclinó sobre él para colocarlo bien. Miklos Galer, cuya mirada estaba fija en los instrumentos de la cabina, no se dio cuenta de nada.

       Cinco minutos después los dos hombres salían de nuevo de la cabina, ya de regreso a su punto de partida.

       Cinco millones de años en el pasado, tendidos en una herbosa pradera, yacían Rido y Sánchez Planz.

       El sol les despertó, dándoles en los ojos y ambos, casi a la vez se incorporaron.

       Rido miró a su alrededor.

       –¨Dónde estamos? -preguntó Sánchez Planz.

       –No lo sé. Desde luego no estamos en Júpiter. Esto parece la Tierra.

       –¿Qué punto de la Tierra?

       -­¡Cualquiera lo sabe! -suspiró Rido-. Sin embargo… la vegetación… Hay algo raro en ella.

       Observó los árboles. Eran especies desaparecidas miles de siglos antes del 2.900.

       –Estamos en el Pasado, Sánchez. Debimos haberlo comprendido. ¡Ha sido una cochina jugada de Arthur!

       Rido hundió las manos en los bolsillos y de uno de ellos sacó un papel. Iba a tirarlo; pero de pronto recordó que él no había guardado en aquel bolsillo ningún papel. Lo extendió, leyendo:

       “ Me iba la vida si hacía otra cosa. Y perdiéndola no le ayudaba a usted en nada. Esta en un punto del pasado a cinco millones de años de ahora. Como me encargarán de la vigilancia de su casa, enviaré la máquina al mismo sitio en cuanto pueda. Y si no está usted ahí la seguiré enviando diariamente

hasta que coincida. A.”

       –Por lo menos sabemos dónde estamos -dijo Rido-. A cinco millones de años de distancia del dos mil novecientos cincuenta. Una distancia respetable

       –Peor podría haber sido. No me gustaba la idea de ir a parar a Júpiter. Aquella gente siempre me ha dado escalofríos. Pero lo que no entiendo es el inte-rés que pueden tener los del Gobierno en echarnos de nuestro mundo.

       –Si alguna vez regresamos nos enteraremos mejor. Generalmente, Sánchez, los hombres desconfían de sus semejantes. No creen en la discreción Temen que hablen demasiado. Y eso es lo que debe de ocurrirle a Miklos. Teme que alguien cuente que Okers no volverá  jamás porque ha muerto.

       –Pero… eso ya lo sabe todo el mundo.

       –No. Lo curioso del caso es que no lo sabe todo el mundo ni lo sabrá en mucho tiempo. Nuestros jueces lo dijeron. Y en nuestro proceso se habló de ello; pero la noticia no ha trascendido al público.

       –Sin embargo…, ¿qué interés puede existir en que no se sepa una noticia así?

       –Un interés muy elemental. Tan sencillo que a nadie se le ocurriría pensar en él. Yo mismo no comprendí la verdad hasta hace un momento. Lars Okens, al marcharse hacia Calipso, delegó sus poderes en Miklos Galer. Y mientras Okers no regrese y anule personalmente esos poderes, Miklos Galer ocupar  el cargo de Jefe de Gobierno. El manda sobre toda la Galaxia. Su capricho es ley. Puede enriquecerse en unos días y puede enriquecerse mucho más en los cinco años de actuación que tiene por delante.

       –Y si nosotros hablamos, todo eso se termina, ¿no?

       –Sí. Muerto el Jefe del Gobierno se elige otro. La Constitución exige que el nuevo Jefe del Gobierno de la Galaxia no haya ejercido nunca el poder. Por el simple hecho de ocuparlo interinamente, Miklos ha sido jefe efectivo del Gobierno, con plenos poderes, y ya nunca más podrá ser elegido para tan bello cargo. Si hace callar a todas las bocas enteradas de que Okers ha muerto, él sigue actuando año tras año como jefe del Gobierno, hasta el final del mandato de Okers.

       –¿Y por eso nos envía al pasado?

       –Por muchísimo menos de lo que ese cargo representa, ha habido guerras, revoluciones y se han cometido miles de crímenes. Nuestro error fue no anunciar a voz en grito la muerte de Okers. Debimos comprender que si se nos quería impedir el regreso no era por miedo a los monstruos que pudiéramos traer de Calipso, sino porque no se quería dar publicidad al hecho de la muerte de Okers.

       –Sin embargo… Los jueces y el resto del Gobierno. . .

       –Tanto los Jueces del Supremo, como los miembros del Gobierno cesarían automáticamente en sus cargos en cuanto se diese la noticia de que el

Jefe del Gobierno había muerto. Ningún ministro puede serlo de nuevo. Ningún Juez del Supremo podrá serlo nuevamente. En cuanto cesa el Jefe del

Gobierno antiguo y se nombra otro, toda la máquina del Gobierno recibe piezas nuevas. La Galaxia es enorme y todos han de disfrutar de las ventajas del cargo.

       –Y nosotros pagamos el pato de la codicia de esas gentes.

       –Sí -rió Pablo-. Claro que ellos se dirán que lo han hecho en beneficio de su pueblo. No es bueno cambiar continuamente de pilotos. Lo que me engañó acerca de sus malas intenciones fue el hecho de que nos quisieran enviar a Júpiter. Allí, en cuanto hubiéramos hablado de la muerte de Okers, se habría producido un escándalo mayúsculo Se hubiera pedido la elección de un nuevo jefe; pero, lo de enviarnos a Júpiter fue una excusa para justificar nuestra desaparición. Seguramente dirán que el aparato en que íbamos se perdió en el trayecto.

       –¿Y los tripulantes del Saos que se enteraron de la muerte de Okers?  Los pocos que sobrevivieron a los ataques de Zaduc serán eliminados muy sencilla-mente. Se les trasladarán a un aparato destinado a cualquier Planeta lejano, y a mitad de camino estallar  una carga explosiva que destruirá  la aeronave y a todos sus ocupantes.

       –¿Por qué no han hecho lo mismo con nosotros?

       –Tal vez temieron que yo me diera cuenta de sus intenciones y descubrie-ra el explosivo. En fin, todo eso no tiene importancia. Estamos abandonados en el pasado. Tal vez el comandante Arthur envíe la máquina a buscarnos. Tal vez no; pero ya sabes que es imposible viajar dos veces al mismo sitio y a la misma época exacta. Si vuelve llegará  dentro de seis meses o de un año, aunque él trate de enviarnos la cabina dentro de una hora.

       Una sombra se proyectó en el suelo, pasando velozmente sobre ellos y atenuando por una fracción de segundo la intensidad del sol. Rido levanto la cabeza y Sánchez Planz, que le había imitado, lanzó un grito de asombro.

        –¿Dónde dices que estamos? -gritó-. ­¡Esto no es el pasado!

        –No -tartamudeó Rido- … no lo parece…

       En el cielo, reflejando vivamente la luz del sol, una bola metálica flotaba y se deslizaba con cambiante velocidad. Se sostenía gracias a los intermitentes chorros de fuego que brotaban de sus numeroso tubos de combustión que rodeaban su base y se deslizaba impulsada por otros tubos abiertos en sus costados.

       La bola, que debía tener unos cincuenta metros de alta, se detuvo, apagáronse los tubos que la impulsaban y se encendieron otros en el otro lado. Entonces retrocedió hasta quedar casi encima de los dos náufragos.

       Cesó de funcionar la propulsión y se fueron apagando varios de los tubos de sustentación. La curiosa nave aérea inició un descenso muy suave y terminó posándose en la pradera, a unos treinta metros de Rido y Planz.

       Estos pudieron fijarse en los detalles de la nave. Indudablemente el que pensó en que les enviaba al pasado se equivocó de extremo a extremo y les había enviado cinco millones de años al Futuro.

       Aquella aeronave no podía haber sido construida cuatro millones de años antes de la edad de piedra. Era una esfera perfecta, con una serie de tubos en su base, otros en sus costados y siete miradores ovalados que sobresalían de la esfera. Aquellos miradores estaban protegidos por cristales, y a través de éstos se veían varios hombres que, desde el interior, observaban a Rido y a su compañero.

       Una sección exterior del casco de la esfera descendió, mostrando un gran boquete. Era un ascensor en el cual iban ocho hombres armados con unas

armas que si no eran atomizadoras, lo parecían. Vestían cortos uniformes, que dejaban al descubierto sus recias piernas y hercúleos brazos. Cuatro de ellos llevaban unas pequeñísimas motocicletas provistas de doce pequeñas ruedas articuladas que se adaptaban perfectamente al terreno. Esto lo demostraron en seguida, pues saltando sobre ellas, los cuatro soldados las pusieron en marcha y se lanzaron, dos por un lado y dos por otro, a cortar todo posible intento de fuga de los dos náufragos.

       Rido levantó las manos en alto, diciendo a Sánchez:

       –Hazlo tú también. En todos los tiempos esto ha sido señal de rendición.

       Los cuatro que iban en las motocicletas, se habían detenido a idéntica distancia unos de otros, quince metros a la espalda de los dos hombres. Intentar huir de ellos hubiese sido necedad después de ver lo de prisa que se podían mover aquellos pequeños vehículos.

       Los otros cuatro soldados que avanzaban a pie llegaron ante Rido y Planz.

       –¿Qué hacen aquí? -preguntó el que debía de ser el jefe.

       Sobre su pecho lucía un círculo coronado por una P con dos lanzas, una de ellas, normal, o sea dirigida a la derecha y otra idéntica orientada a la izquier-da. Lo más extraordinario era el idioma. De origen, indudablemente latino se entendía perfectamente.

       –Hemos llegado hace un momento -contestó Rido, utilizando una mezcla de idiomas de raíz latina.

       El oficial le miró, extrañado. El acento de Rido era extraño, y no todas las palabras escogidas se adaptaban al idioma. Sin embargo, le había comprendido.

       –¿Extranjero? -preguntó.

       –No lo sé -contestó Rido-. Lo cierto es, oficial, que nuestra historia le ha de parecer muy extraña. Venimos del siglo treinta.

       — ¿Qué quiere decir siglo?

       Saeculum

       –¿Cien años?

       — Sí.

       –Estamos en el siglo treinta -dijo el oficial-. ¿Por qué dice que viene de él, si está en él?

       –Tal vez estoy cometiendo algunos errores -suspiró Rido.

       –Ha cometido muchos errores al aceptar el encargo -dijo el oficial-. ¿Dónde han ocultado su aparato?

       –Se fue en cuanto nos dejó aquí…

       –Por favor, acompáñennos. Y no hablen con nadie. Desde este momento y de acuerdo con la Ley de la Tretarquía, el Gobierno de los Treinta Soles usará contra ustedes todo aquello que digan en su perjuicio. Lamento no haberles advertido antes; pero aunque no sean tenidas en cuenta como cargos, sus palabras pronunciadas ante mí y debidamente registradas se usarán para dar una idea al Tribunal.

       -­¡Vaya! -suspiró Planz-. Nos despiden con tribunales y nos reciben con más tribunales.

       –No hables -aconsejó Rido-. No sabemos dónde estamos y no nos conviene complicarnos la vida.

       –Supongo que todo eso de los Treinta Soles ser un chiste. Nos estarán gastando una broma…

       –Las bromas de esta clase tienen muy poca gracia -dijo Rido-. Acompañemos a estos caballeros.

       Dirigiéronse hacia la enorme esfera, subieron al ascensor y éste se movió silenciosamente hacia arriba.

       Rido observaba curiosamente cuanto le rodeaba. Había detalles extraños en todo lo que veía; pero todos ellos hablaban de una perfecta civilización. La metalurgias, la ingeniería y el arte estaban muy adelantados. Si aquello era realmente la Tierra, habían llegado a una era muy moderna.

       La esfera se puso en movimiento. No ascendía con la violencia de los cohetes del siglo xxx. Tampoco avanzaba tan velozmente.

       Los prisioneros fueron conducidos a lo largo de un pasillo circular hasta una cabina iluminada por unos extraños discos metálicos semejantes a espejos, que proyectaban en todas direcciones una suave luz diurna.

       –Permanecerán aquí hasta que lleguemos a Tritus. No intenten escapar. Sería inútil.

       –Gracias -sonrió Rido.

       –¿Desean tomar algo? -preguntó el oficial.

       –Lo que usted crea que nos conviene -dijo Rido.

       Les trajeron, en dos bandejas, una copiosa comida a base de carne, pescado, verduras, con una cafetera llena de excelente café. También había una botella de vino que por su sabor parecía italiano. Los postres fueron a base de dulces y fruta.

       –Por lo menos no desean matarnos de hambre -dijo Sánchez-. Son más amables que Miklos Galar. Pero esto no es más que el principio. Ya veremos al final cómo nos tratan.

       –¡Es verdad! -suspiró Sánchez Planz-. Al condenado a muerte siempre le sirven una suculenta comida antes de enviarlo al otro mundo. ¡Esta idea me ha quitado el apetito!

       –La idea y todo lo que has comido -rió Rido.

       Entró un criado que retiró los restos de la comida. Procuró no mirar a los prisioneros y se retiró en seguida. Pablo trató de abrir la puerta, esperando hallar-la cerrada; pero la encontró abierta. Naturalmente, no temían que se escapara saltando por una ventana.

       –Daremos un paseo dijo.

       –¿Y si no les gusta vernos pasear? -Preguntó Sánchez.

       –Nos ordenarán que volvamos aquí. No creo que nos maten por tan poca cosa.

       Salieron de nuevo al pasillo y avanzaron por él hasta llegar a una especie de vestíbulo o saloncito, en realidad un simple ensanchamiento del pasillo, coincidiendo con unos de los miradores o ventanales que ya habían visto desde el suelo.

       Un hombre y una mujer estaban hablando junto a los cristales. Al ver a Rido y a Planz callaron, mirándoles curiosamente. El hombre era muy alto: dos metros, o acaso más. Musculoso como un atleta circense, de cabello negrísimo y rizado, muy largo y echado hacia la nuca. Su rostro era atractivo, con cierta expresión de altivez, a pesar de lo cual resultaba muy agradable.

       La mujer algo más baja por comparación; pero midiendo por lo menos un metro ochenta, era también morena, con el cabello algo más largo que su compañero y peinado igualmente hacia atrás. En las orejas, como pendientes, lucía dos enormes perlas negras, cuyo tamaño indicaba la imposibilidad de que fuesen legítimas. Vestía una especie de corta túnica que iba desde el cuello hasta las rodillas, ceñida a la cintura por un cinturón metálico y sujeta sobre el pecho por un botón de cristal tallado en brillante. La túnica moldeaba suavemente el busto de la joven, acentuando sus encantos.

       -­¡Vaya gachí! -exclamó Sánchez, usando los términos de su infancia y adolescencia en Iberia.

       –¿Que es gachí? -preguntó la joven, demostrando una curiosidad de alumna universitaria.

       Planz se atragantó.

       -­ ¡Oh, perdón… !

       –Perdón de nada -respondió la joven-. ¿O es que ha pretendido insultarme usando una palabra extraña?

       –Al contrario -dijo Rido-. Lo que mi compañero ha querido decirle, señorita, es que es usted preciosa, y le ruego no se ofenda por mis palabras. No son mías.

       –Lamento que no lo sean -sonrió la joven.

       Volvióse hacia su gigantesco compañero y le pidió:

       –¿Podrías terminarme el análisis que me encargaron? No sé cómo hacer-lo. Te lo agradecer‚ eternamente, Aram.

       Este accedió en seguida, renunciando a todos los derechos de prioridad y se alejó por el pasillo, dejando a la joven frente a los dos hombres.

       –¿No nos tiene miedo? -preguntó Rido.

       –No. ¿Por qué iba a tenerles miedo? El causarme algún daño no les reportaría ningún benifico. No pueden huir. Serían castigados en seguida.

       –Es usted tan valiente como bonita.

       –Gracias. ¿Me puede decir de qué país o mundo vienen? Esa costumbre de decir frases bonitas a las mujeres debe de estar muy arraigada en su mundo, porque observo que las dicen de una manera natural, sin rebuscamiento alguno. ¿Todo el mundo es como ustedes en su… planeta?

       –Nuestro planeta es éste, si es que este planeta es la Tierra.

       –Es la Tierra -asintió la joven-; pero ustedes no son de aquí. No hablan como nosotros, no visten como nosotros. Son distintos, aunque se esfuerzan por parecérsenos.

       –No nos esforzamos en nada -dijo Rido-. Así vestíamos en nuestra época y como venimos directamente de ella no hemos podido adaptarnos a la moda local.

       –Si piensa hablar de una M quina del Tiempo no lo hagan -dijo la joven-. Les tomarán por locos o estafadores. Ha habido bastante gente que ha tratado de embaucar a los infelices demasiado crédulos, ofreciéndoles viajes al futuro. Pero eso es mentira. Nadie puede viajar a través del tiempo.

       –¿Y del espacio? -preguntó Pablo.

       –Eso sí. Lo hacemos corrientemente. Ustedes proceden del espacio. Deben de llegar de algún lejano planeta para espiar nuestras fuerzas militares.

       –No, señorita. Pero, ¿le importaría contestar a algunas preguntas?

       –Hágalas y yo decidiré si me importa o no.

       –¿En qué siglo vivimos?

       –En el siglo treinta.

       –¿De qué era?

       –¿Era qué? ¿Qué es lo que era?

       –Quiero decir si éste es el siglo treinta de la era cristiana.

       –No entiendo.

       –¿Hace casi tres mil años que fue crucificado Cristo?

       –¿Quién es Cristo?

       -­¡Oh! Sospecho que nos hemos anticipado. ¿Sabe algo del Diluvio?

       –¿Qué es eso?

       –Una lluvia que duró muchos días y lo inundó todo. Y Noé se salvó en un arca…

       –No sé nada de eso. Hábleme de ello.

       Rido explicó la historia del Diluvio, el salvamento de las especies animales y luego la grandeza de Roma, la llegada de Cristo y el hundimiento del Imperio Romano. A continuación explicó someramente el desarrollo de los países cristianos y, paralelamente a ellos el creciente poderío de los países mahometanos. Contó luego el descubrimiento de América por España.

       –¿América? ¿Qué es? ¿Alguna isla?

       –Un continente. El Nuevo Mundo…

       La joven pidió:

       –Un momento. Vengan.

       Los llevó hasta otra cabina algo mayor que la asignada para ellos. En las paredes se veía un mapa mundi. Había algunos cambios notables. El mar cubría gran parte de América. Entre América y Europa había un continente sinuoso y alargado. La antigua Atlántida.

       –Esto es América -dijo Rido, señalando el continente.

       –Nosotros le damos otro nombre -replicó la joven-. Edaria. Yo me llamo algo parecido. Nací allí.

       –¿Cómo se llama?

       –Eda.

       –¿Qué más?

       –¿Por qué me he de llamar más cosas?

       –Para tener una personalidad más definida. Yo, por ejemplo, me llamo Pablo Rido. Si sólo me llamase Pablo, nadie podría saber quién soy, porque hay millones y millones de seres que se llaman Pablo. Si me llamase sólo Rido, también me encontraría con que hay varios cientos de personas que usan el mismo apellido. Para que la gente sepa quién soy cuando se habla de mí, se utiliza mi nombre y mi apellido.

       -­¡Qué ingenioso! -exclamó Eda-. Es verdad. Una solución sencillísima a un grave problema que nos ha preocupado desde hace siglos. Al principio lo resolvimos con apodos. Eso era posible en los tiempos en que los hombres vivían en cuevas. Uno se llamaba “Cazador”, otro “Tiro Certero”, y así; pero al aumentar la población se complicaron las cosas. Los descendientes de “Tiro Certero”, pongo por caso, se llamaban: “Hijo de Tiro Certero”, “Nieto de Tiro Certero”; pero como a veces había varios hijos y muchos nietos, la cosa acababa por ser imposible por lo mucho que se complicaba. Unos se llamaban hijo mayor, otros hijo mediano, otros hijo menor; pero los bisnietos ya no sabían cómo llamarse.

       –Hubiera bastado con que todos se llamasen Tiro Certero. Y uno se habría llamado, Pedro Tiro Certero, otro Antonio Tiro Certero, y así sucesivamente. Los hijos y las hijas hubieran llevado el apellido del padre en primer lugar y el de la madre en segundo. Así se habrían distinguido perfectamente los bisnietos.

       Eda estaba maravillada.

       — En su planeta tienen que ser muy listos -dijo.

       –No sé -sonrió Pablo-; pero mi planeta, Eda, es este mismo. El que reúne todos estos continentes. A éste le llamamos América, a éste Europa -los fue seña-lando uno tras otro, dando a cada uno su nombre

       Indicó el emplazamiento de Nueva York y explicó:

       –Nosotros salimos de aquí. ¿Donde estamos ahora?

       –No sé si hago bien revelándole esto; pero gracias a usted podré presentar una solución al problema de la identificación de los habitantes. Existe un premio muy importante y estoy segura de que lo ganaré, por lo tanto le debo algo en agradecimiento. El lugar donde les recogimos fue, aproximadamente, éste -indicó un lugar de la costa de la Florida. Luego señaló otro punto en la costa oriental de Iberia-. Y aquí es adonde nos dirigimos.

       –¿España?

       –Iber.

       –¿Iberia?

       –No, Iber. El nombre se toma del mas importante de sus ríos.

       –Lo sé, lo sé. Y en vista de sus informaciones empiezo a creer que realmente estoy en un mundo alejado cinco millones de años del mío.

       –¿Cinco millones de años? ¿Nosotros? ¿En el pasado?

       –Sí, Eda. Mi mundo está a cinco millones de años en el futuro. A menos que todo esto sea una broma.

       –No es una broma… mía -dijo Eda-. Pero resulta increíble, Usted habla de un mundo en el cual a diez mil años de distancia en el pasado, todo era salvajismo. No existía civilización…

       –En Egipto, tal vez existiera.

       –No es posible. Si lo que dice fuera cierto, ustedes tendrían un pasado maravilloso. Toda nuestra civilización esplendorosa y no un inmediato pasado de cavernícolas…

       –S in embargo, si todos decimos la verdad, es así. Los primeros indicios de civilización se remontan para nosotros, a unos siete mil años de distancia. ¡Sólo siete mil! Y antes de eso, únicamente tribus, hombres que vivían en cuevas y una rudimentaria organización familiar. Los estados no aparecieron hasta pocos siglos antes de la era Cristiana.

       –¿Y entre la actual civilización y la de ustedes? -preguntó Eda.

       –Tinieblas.

       –¿Nada? ¿Absolutamente nada?

       –Nuestra historia no registra la existencia de ninguna civilización anterior a las que florecieron en Egipto y en Asia Menor.

       –Si eso fuese cierto… querría decir que nuestra civilización está a punto de extinguirse.

       –Puede subsistir varios miles o millones de años; pero, desde luego, si no bromeamos y todo esto es cierto, su civilización se extinguirá sin dejar rastro alguno. En nuestra época nadie sabía ni una palabra de esto.

       -­¡Imposible! -exclamó Eda-. Nosotros hemos encontrado huellas de antiguas civilizaciones que sólo eran de piedra y loza. No puedo creer que nuestra actual civilización, hecha de acero, deje menos rastro que las otras.

       Rido se encogió de hombros. Había detalles muy claros de que todo lo que sucedía era real; mas otros detalles sugerían la sospecha de que todo era una comedia. Jamás se había tenido sospecha de una civilización tan completa como aquella.

       Examinó una pieza metálica. Acero inoxidable. Prácticamente indes-tructible. Debía soportar sin alteración alguna el paso del tiempo. Sin embargo, cinco millones de años más tarde, no se había encontrado el menor rastro de aquellos productos industriales tan perfectos.

       –Los dos estamos asombrados -dijo Eda.

       –Si; pero aun no creo en ustedes -suspiró Rido.

       –Yo quisiera estar segura de ustedes -replicó Eda-. ¿Son lo que dicen ser? ¿Qué pruebas pueden aportar?

       –Ninguna. Hemos llegado con los bolsillos vacíos. Tan sólo la ropa. Mas no veo notables diferencias entre las de ustedes y las nuestras. Usan tejidos sintéticos, como nosotros; pero también emplean fibras naturales. Mis botas son de cuero artificial. Sus zapatos no están hechos con ninguna clase de piel conocida.

       –No es piel -dijo Eda.

       Preocupada por sus inquietudes, comentó:

       –¿Qué pudo destruir esta civilización? ¡Oh! Ya hablo en pasado, como si todos estuviéramos muertos. Cuénteme a qué se debe su llegada a esta época.

       Rido explicó someramente sus aventuras en Calipso, la muerte de Okers y la intervención de Miklos Galer.

       –La condición humana no ha cambiado o no cambiará  aunque se hundan las más grandes civilizaciones -suspiró Eda-. También en nuestro mundo actual hay traiciones y peligros.

       Un hombre vestido con cortos y negros pantalones, ajustado peto y llevando en la cabeza una gorra de estrecha copa y larga visera, pasó cerca de ellos, dirigiéndoles una intensa mirada. Sin detenerse siguió adelante.

       –¿Quién era? -preguntó Rido.

       –Un miembro de la Guardia Negra -explicó Eda-. Se les llama así por el color de sus uniformes.

       –¿También necesitan guardias? -preguntó Rido.

       –Sí. El hombre civilizado siempre necesita tener cerca a un policía -son-rió Eda-. Está deseando que le explique toda la historia de nuestra civilización. ¿Quiere conocerla?

       –Claro. Puede empezar a contarla..

       Eda movió la cabeza.

       –Tenemos un sistema mejor. ¿Conocieron y practicaron en su tiempo la enseñanza por hipnotismo?

       –Se empezaba a probar. Daba buenos resultados.

       –Nosotros la tenemos perfeccionada. Si quiere dejarse hipnotizar cuando despierte conocer  al dedillo todo lo que ha sucedido en Tierra, hasta nuestros días.

       –Y ustedes sabrán si somos espías o no, ¿verdad? -preguntó Rido.

       Eda sonrió.

       –No está obligado aceptar -dijo.

       –Siento curiosidad y acepto. Creo que si les interesara causarme algún daño, lo harían sin pedirme permiso. Por lo menos, si me lo hacen tendré que admitir que han tenido la cortesía de preguntarme antes si me gustaba.

       –No deseo causarle ningún daño -sonrió Eda.

       –¿Cuál es su puesto a bordo? -preguntó Rido.

       –Oficial de enlace -respondió Eda, y agregó, como deseando hacer que Pablo pensara en otra cosa-: Por aquí. Iremos a la sala de estudios.


CAPITULO III

 

 

 

 

LA LECCION DE HISTORIA

 

 

       La sala de estudios era una amplia estancia de paredes cambadas siguiendo la silueta del aparato. En un extremo había una pantalla cinematográfica o radiovisora. Su superficie era blanca, como vitrificada. Esto indicaba que la pantalla era de cristal. Medía un metro cuadrado, poco más o menos. Las paredes de la sala estaban tapizadas de tela plástica y frente a la pantalla había quince amplios sillones en tres hileras. La de delante más baja y las otras dos más altas, en escalera. Los respaldos, muy elevados, obligaban a este escalonamiento, pues así los de detrás podían ver perfectamente la pantalla.

       Sentado a una mesa junto a la pantalla, se hallaba Aram, el mismo con quien había estado hablando Eda cuando la encontraron Rido y Sánchez.

       –Estoy terminando-dijo a la joven.

       –Gracias, Aram -contestó Eda-. ¿Quieres ayúdame a explicar historia a nuestros amigos?

       –Encantado -aseguró el gigante.

       Se puso en pie y acercándose a la pantalla hizo girar unos pequeños mandos.

       –¿Sabe cómo funciona esto? -preguntó a Rido.

       –No -contestó Eda-. Yo se lo explicaré.

       Hizo sentar a Rido y a Sánchez ante la pantalla, en la primera fila de butacas, y ella se acomodó a la derecha de Pablo. Suavemente cogió entre las suyas, muy cálidas, la mano de Rido. Este sintió el natural escalofrío. Eda era una de las mujeres más hermosas que había encontrado en su vida. Sin saber por qué pensó en Krina Kartin. Tal vez lo que le hacía asociar entre sí a las dos era que ambas le inspiraron confianza desde el primer momento.

       –Debe  relajar su voluntad -dijo Eda–. Debe esforzarse por no tener ninguna prevención. No intente filtrar lo que venga a usted desde fuera. Déjelo entrar totalmente. ¿Comprende lo que quiero decir? Piense que todo es bueno. Haga que su cerebro y su subconsciencia beban esos conocimientos como bebería usted un vaso de agua. No piense que dentro del agua hay piedrecitas que debe usted detener con los dientes. Cualquier obstáculo que ponga al libre fluir de las ideas hacia usted, le hará perder las dos terceras partes de las enseñanzas.

       –Procuraré que sea así -dijo Rido-. Si no salgo bien de la prueba no ser  por falta de buenos deseos y buena voluntad por mi parte. Y en cuanto a que lean mis pensamientos, no tiene demasiada importancia para mí. Se convencerán de que es verdad todo lo que he dicho.

       –No trato de someterle a proceso – rió Eda, acentuando la presión de sus dedos en torno de la mano de Rido.

       La pantalla se oscureció súbitamente, llenándose en seguida de rápidos y cambiantes destellos.

       –Ante sus ojos pasarán todos los hechos de la historia -explicó Eda-.  Ahora no los ve, porque están pasando a una velocidad tan grande que en este momento ya lleva visto lo ocurrido en unos treinta años. La mirada humana sólo capta esos puntos de luz. Los sucesos se desarrollan a la velocidad de diez años por segundo.

       Rido, con la mirada fija en la pantalla, en la cual se sucedían precipitadamente los cambios de luces, notó, de súbito, que estaba viendo un gran ejército escalando las agrestes y nevadas cumbres de una sierra parecida a los Alpes. Los guerreros que formaban aquella hueste vestían pieles de animales y llevaban largas y anchas espadas. En la cabeza llevaban cascos adornados con cuernos de bisonte. Sus rostros estaban casi ocultos por los largos bigotes y llevaban el cabello muy largo y trenzado, como las mujeres. Sólo que en ellos no había nada femenino.

       Los siguió a lo largo del horrible camino. Vio desaparecer ciento de ellos bajo los aludes, de piedras y de hielo. Los vio llegar a unas soleadas llanuras cubiertas de vegetación y cruzadas por riachuelos en los cuales se bañaban desnudos. Los vio organizarse nuevamente y luego vio como un ejército mucho mejor equipado y organizado salía, a su encuentro. Pero los jefes de aquel ejército montaban en buenos caballos. Estaban demasiado gruesos y llevaban demasiadas joyas en las manos para poder empuñar cómodamente las armas. La disciplina de los soldados era demasiado rígida. Sus peludos enemigos los envolvieron, los asaetearon, lanzaron contra ellos grandes piedras que abrieron terribles brechas en sus formaciones y al fin, en una arrolladora carga, aplastaron contra el suelo el ejército que hasta aquel momento se había considerado el mejor del mundo. Uno de los bárbaros guerreros cortó la cabeza del elegante jefe y la llevo a su caudillo. Este la hizo clavar en una pica y en adelante la utilizó como bandera.

       Los guerreros riñeron tres batallas más antes de alcanzar los blancos y altos muros de la gloriosa ciudad, capital del imperio del mundo. En cada batalla aniquilaron a sus adversarios; pero en cada una perdieron miles de hombres que no podían ser reemplazados por otros. El Imperio había cerrado los pasos de la cordillera. Tres ejércitos que intentaron ir a reforzar las huestes de Mogli, fueron enterrados bajo los aludes provocados por los guardianes de la sierra. Y frente a la capital del Imperio, Mogli, el invencible, el novio de la victoria, lanzó a sus veinte mil hombres contra las murallas bajo una lluvia de dardos, flechas y piedras. Los lanzó a pecho descubierto. Les acompañó cuando apoyaron sus largas escalas contra los muros y los vio caer bajo un diluvio de plomo derretido y aceite hirviendo. Siete veces envió a sus huestes, cada vez más reducidas, contra las murallas. La séptima vez las coronaron y al momento siguiente se abrieron las puertas de la ciudad y la horda penetró en ella.

       Siete días de matanza y saqueo. Las más bellas obras de arte cayeron bajo las hachas de doble hierro de los vencedores. Cientos de hombres fueron inmolados. Y, de pronto, ante la ciudad conquistada, apareció otro ejército imperial. Lo formaban veteranos de las gloriosas campañas imperiales. Hombres que se habían considerado demasiado viejos para confiarles la defensa de las tierras y de la ciudad. Los mandaban enjutos generales veteranos de las campañas de Egipto y de Oriente. Un solo ataque bastó para que los veteranos de las legiones imperiales coronaran las murallas mal defendidas por los embriagados bárbaros, y en seguida fue la lucha casa por casa, patio por patio, buscando al enemigo por los rincones, azoteas y templos. Yendo a matarle dondequiera que se ocultase. Y al fin el caudillo que nunca había sido derrotado fue conducido ante e1 anciano general vencedor. Junto a éste se veía el bárbaro estandarte de la lanza y la cabeza clavada en ella. En el suelo, frente al general había dos largos maderos cruzados en X. También había martillos y largos clavos.

       –¿Quieres pedir algo antes de morir? –preguntó el vencedor-. Tienes derecho a ello.

       –Los vencidos sólo tienen el derecho a morir. Si yo hubiera ganado esta batalla tu cabeza estaría en lo alto de una lanza. Has tenido más suerte que Yo.

       –Valgo más que tú.

       –Esa es tu suerte.

       Cuatro guerreros cogieron a Mogli y lo derribaron sobre la X de madera. Clavaron sus muñecas y sus pies con los largos clavos, sin que Mogli lanzara un gemido. Luego la X fue alzada sobre las murallas y los buitres se acercaron a ver su presa. Aún era pronto. Volvieron a su abundante festín repartido por toda la Capital del Mundo. De cuando en cuando se acercaban para ver si su presa estaba viva alejándose, luego. Así,, hasta que al llegar el tercer día ya no se apartaron. En aquel lugar se levantó un monumento al vencedor.

       Era la última victoria del Imperio. A partir de aquel momento ya no fue lo que había sido. Sus enemigos aumentaron y nuevamente su capital fue tomada por los bárbaros. El monumento elevado al vencedor de Mogli fue derribado. Sobre su pedestal se colocó una estatua en honor del vencido. Mogli volvió a estar dominando la ciudad que había conquistado y en la que había muerto. Nuevos pueblos invadieron el Imperio. Los bárbaros de ayer ya estaban civilizados y por eso fueron destruidos, por las huestes de Zona el Africano. La estatua de Mogli fue destruida. Su bronce, fundido, sirvió para otra estatua: la de Zonú. Durante tres siglos, Zonú , el héroe de la conquista, contempló a sus pies la ciudad Imperial. Pero entretanto, en la cordillera que siglos antes cruzaran las hordas de Mogli, los vencidos de ayer se habían hecho fuertes creando pequeños reinos tan salvajes como los riscos entre los cuales anidaban. Era el mismo proceso de siempre. Los vencedores se reblan-decieron con las comodidades que les ofrecía el país. Cuando eran fuertes y hubiesen podido aniquilar hasta el ultimo enemigo, no quisieron subir hasta las cumbres. Esperaban que el hambre arrojase de ellas a aquellos locos. Y éstos, en continua lucha contra los elementos, se hicieron duros como las piedras entre las cuales vivían. Y empezaron a bajar hacia el llano. Fueron derrotados muchas veces; pero al fin reconquistaron la ciudad Imperial. Derribaron la estatua de Zonú, la hicieron pedazos y, con estos fundieron una nueva estatua, la de su primer monarca: Raius. Hacía cinco siglos que había muerto y ya nadie le guardaba rencor. Era el símbolo de la independencia y aunque a lo largo de los años y de las guerras, muchas de ellas civiles, se alzaron y se derribaron numerosas estatuas, la de Raius se mantuvo en su pedestal.

       Aún estaba allí; pero todo era distinto. Imperial, la ciudad eterna, se extendía hasta más allá de donde la vista alcanzaba. Veinte millones de seres vivían en su perímetro. Sus edificios eran tan altos como las más altas cumbres. En la colina donde estuvo la ciudad antigua, la figura de Raius, con su cota de malla, su casco, el barbudo rostro y, bajo sus pies varias banderas africanas, dominaba aún Imperial Pero a su alrededor había muchas figuras de bronce. Eran todos los grandes hombres del reino, del imperio, del Estado, de la Unión y de la Confederación de los Treinta Soles. Gran parte de la Galaxia era regida desde Imperial. Treinta planetas estaban gobernados por otros tantos gobernadores. La flota de guarra sideral de la Confederación sumaba diez mil aeronaves. Las había muy antiguas; pero todas eran capaces de sembrar la muerte y la destrucción sobre sus enemigos. No había en todo el universo un enemigo capaz de inquietar a la Federación. Sin embargo, soplaban vientos de inquietud sobre Imperial. La ciudad más hermosa del mundo presentía el peligro que la amenazaba.

       Periódicamente, se reunían los treinta tetrarcas y por las calles de Imperial desfilaba el más maravilloso de los cortejos. A la cabeza de todos los gobernadores territoriales iba siempre Sonti, tetrarca de Chidos, el misterioso planeta, arsenal de la Federación. En él se probaban todas las armas nuevas, y para los experimentos se usaban prisioneros políticos, los rebeldes que no eran más que gentes con los ojos abiertos que veían el peligro que amenazaba a la Federación. La vida era demasiado fácil. Todos eran demasiado ricos. Se había roto el equilibrio. Las máquinas trabajaban para los hombres y éstos, sin ambiciones, sin estímulos, no sabían lo que era luchar. No querían saberlo. Deseaban que todo siguiese como hasta entonces. Cómodo y fácil. La Guardia Negra simbolizaba la seguridad de que las cosas no cambiarían. Sus miembros se encargaban de que los visionarios dejasen de inquietar a los ciudadanos tranquilos. Y los rebeldes más peligrosos eran enviados a Chidos, a morir abrasados por algún nuevo rayo o desfigurados por una nueva bacteria.

       Este era el mundo en el siglo treinta. El hombre viajaba a través del espacio. En Chidos, junto a la Tierra, Sonti veía, todas las noches, el verdoso disco de su satélite.

       -­¡Chidos es la Luna ! -gritó Rido.

       –¿Qué es Luna?-preguntó Eda, junto a él

       –El satélite de la Tierra.

       –Por favor, piense en él y mire la pantalla -pidió Eda-. ¿Es así?

       El plateado disco lunar apareció en la pantalla tal como Rido lo estaba imaginando.

       –Así es -dijo, sorprendido.

       –¿Y su posición con respecto a la Tierra?

       Rido penso en la imagen que tan veces había grabado en su mente al contemplar desde varios millones de kilómetros de distancia la Tierra circundada por su pálido satélite.

       Eda temblaba de emoción. No había engaño. Rido percibía en sus manos el temblor de las manos de la joven.

       –Ahora le mostraré Tierra y Chidos, como los vi hace unos días, al regresar de un largo viaje.

       Se borró 1a imagen de la Tierra y la Luna y en su lugar apareció en la pantalla un enorme globo verde azulado, en torno del cual giraba un satélite verde mar. Uno era enorme. El otro era como una tercera parte.

       –El pequeño es la Tierra. El otro es Chidos.

       –­¡No puede ser! -gritó Rido.

       –Así es -dijo Eda-. Así es… ahora

       –Lo será. Hoy es un satélite. Mañana… dentro de cinco millones de años todo será distinto.

       De pronto Rido se dio cuenta de que estaba hablando normalmente. intentó recordar el pasado y revivió. infinidad de escenas de la historia de Imperial. Lo recordaba todo. Los monarcas de las distintas dinastías, las luchas de la Reconquista, las invasiones, las conquistas, el crecimiento de Imperial. Conocía los nombres de todos los grandes políticos, de los héroes y de los traidores.

       –¿Cuánto rato ha pasado? -preguntó.

       –Tres horas y media. En este tiempo, capitán, ha asimilado para siempre, toda la historia de Imperial.

       –¿Y ustedes me han sacado mis secretos?

       –Sí -rió Eda-, Creo que es usted el hombre que hemos estado esperando.

       –¿Habla en plural o en singular…? ¡Oh!

       –Hablo en plural. ¿A qué se debe su exclamación?  Estoy hablando su idioma exactamente como ustedes.

       –Sí. Se lo hemos enseñado mientras estaba usted “viendo”. Quedó hipnotizado por los destellos de luz en la pantalla. Es un medio muy sencillo y seguro. En una sesión de una hora, y utilizando grabaciones especiales, se puede aprender completamente, el más difícil de los idiomas. El nuestro no es difícil para usted. Tiene los mismos orígenes. El sistema que utilizamos es el mismo de los sueños. El ser humano sueña secuencias larguísimas en pocos segundos. En pocos segundos se graban en el cerebro las más complicadas reglas, verbos, ortografía e historia. Todo va en cintas magnéticas que se hacen pasar a la misma velocidad que es capaz de desarrollar el cerebro. Este lo ve, lo capta y, por otro procedimiento magnético, lo conserva grabado indeleblemente. Nunca olvidarás nada de cuanto haya visto y aprendido en una sesión de éstas.

       –Veo que están más adelantados que nosotros. ¿Y mi compañero?

       –Ahora despertara. Su cerebro es menos poderoso que el de usted. Más infantil. Los niños aceptan como lógicas y naturales las cosas y los hechos más extraordinarios. Los hombres no. Usted se ha despertado al darse cuenta de que Chidos ocupaba, anormalmente, el lugar de la Luna. El ha visto lo

mismo y no se ha sorprendido.

       –Tal vez… es más listo que yo.

       Eda movió negativamente la cabeza.

       –Usted es más inteligente que él. Por eso confío en que vea lo que vea y ocurra lo que ocurra, tendrá fe en mí.

       –¿Por qué iba a perderla? -preguntó Rido.

       –Su fe se verá puesta a prueba, capitán. Ya estamos llegando.

       Eda se levantó y al momento abrióse la puerta de la sala y entró uno de los guardias negros. Saludó a la joven y preguntó:

       –¿Ha terminado?

       –Sí. Pueden llevarse a los prisioneros. Presentaré mi informe al Tribunal Supremo.

       Apareció otro miembro de la Guardia Negra. Sobre su pecho lucía varias medallas y tenía algunas cicatrices, como de quemaduras, en el rostro.

       –Agente Eda: ¿ Ha podido averiguar algo importante?

       –Muy poco, mi general. Es un piloto y al llegar a Tierra destruyó su aparato.

       –¿Qué está diciendo? -preguntó Rido, asombrado por lo que contaba la joven.

       -­¡Cállese! -ordenó el general de la Guardia Negra-. Siga, oficial Eda ¿Qué más?

       –Nada más, mi general. Antes de salir del aparato puso una barrera mental que no ha podido ser atravesada por nuestros aparatos. Todo su pasado está oculto; pero ya sabemos que siempre que se envían espías a Tierra se les provee de barreras mentales. La sola existencia de semejante barrera es una prueba de culpabilidad.

       –Tiene razón. Adjunte para el tribunal la grabación de la lectura mental del prisionero. Su análisis psicológico y todas las pruebas necesarias para su condena.

       Sánchez Planz se volvió hacia Pablo.

       -­¡Oye…! -exclamó-. Es que en todos los lugares adonde llegamos nos han de estar esperando

con un tribunal dispuesto contra nosotros?

       –No -dijo Rido, sonriendo duramente-. Es que todos los días se despierta un tonto, y… hoy me he despertado yo.

       Eda desvió la mirada.

       –Un momento -pidió Planz al general-. ¿Tienen abolida aquí la pena de muerte?

       –No; ¿Por qué‚? -replicó, secamente el general de la Guardia Negra.

       –Para no hacerme ilusiones.

       –Los calabozos están en los subterráneos de la Fortaleza de Raius y me llevarán allí en un coche blindado, ¿no?

       –Usted ha de contestar a las preguntas, no hacerlas -advirtió Aram.

       –Aunque no he visto nunca Imperial, se que en los subterráneos del castillo están las prisiones. Me gustaría echarle un vistazo a la ciudad mientras pasamos sobre ella.

       Si confía en poder suicidarse saltando por una ventana pierde el tiempo -advirtió Aram.

       –No -rió Pablo-. Siempre he considerado al suicida como al espectador de una comedia que sale del local antes de que termine la representación, sólo porque imagina conocer todo el argumento. Yo quiero ver la comedia desde el principio al fin. ¿Cómo ser  el desenlace? ¿Trágico? Tal vez cómico. Si la cosa empezó con burlas veremos cómo terminar . ¿Puedo ver la ciudad?

       Aram asintió con la cabeza. Hizo un ademán indicando a Rido que podía salir y le siguió hasta el ventanal más próximo a la sala. Sánchez les acompañó con rastreante paso.

       –Resulta monótono eso de que si llegamos a Orión encontramos a un tipo dispuesto por menos de nada a colgarnos de una horca. Volvemos de Calipso y ya nos tienen preparado un tribunal para condenarnos a pasar un mal rato, como si volviéramos de una fiesta y no de pasarlas negras. Y ahora nos echan a cinco millones de años más atrás, y en vez de caer en medio de selvas vírgenes humeantes y asquerosas, nos damos de narices con una civilización maravillosa. Y esa civilización tan maravillosa, nos coge, nos acusa de no sé qué y ya nos prepara una ejecución en la cual tenemos que representar los papeles principales. ¿Cómo matan aquí a la gente, señor Aram?

       Estaban junto al ventanal mientras el aparato volaba sobre una inmensa ciudad. ¡Imperial! La capital del mundo, la ciudad eterna, sólo aquel que dominaba Imperial podía considerarse dueño del Universo. Kilómetro tras kilómetro de apretadas edificaciones. Casas de veinticinco pisos y geométricamente distribuidas entre aquel mar de edificios, altas torres de doradas cúpulas. Se aproximaba la noche y el sol poniente tendía sobre la tierra las prolongadas sombras de las torres. Cuando la ciudad se iluminaba el efecto debía de ser de ensueño.

       –Allí está Raius -dijo Rido.

       Señalaba hacia un lejano edificio en forma de redonda, ancha y alta torre que se elevaba en la cumbre de una colina.

       -­¡Eso lo conozco!  -exclamó Sánchez-. Lo he visto… Pero… ¿Cómo lo he podido ver si nunca había estado aquí?

       –Te lo hicieron ver en la sala -explicó su compañero.

       El sol poniente ponía un tinte acaramelado en los ásperos sillares de la vieja fortaleza. En el centro de ésta y en su parte más alta, se levantaba la estatua del rey Raius, iniciador de la reconquista. En torno a él, en pedestales menores, un fantasmal ejército de hombres y mujeres célebres en la historia de la Tierra. Todos los defectos y todas las virtudes estaban allí representados. Los mejores y los peores. Sólo faltaban los mediocres. Los que pelearon ambiciosamente y los que lo dieron todo con desinterés y generosidad.

       Las tinieblas había caído ya sobre la Tierra. Imperial encendió, de pronto, millones de luces en sus calles y en sus habitaciones. Ahora parecía una ciudad de Plata.

       –Parece una bailarina con trajes de lentejuelas -dijo Sánchez-. Una de esas bailarinas de cabaret que relucen como serpientes.

       –Antiguamente cuando iban a matar a un prisionero importante, las danzarinas africanas bailaban ante él -dijo Rido, recordando lo que su mente había asimilado durante aquellas tres horas y media . Eran mujeres bellísimas. El condenado podía conservar la vida en tanto que no intentara besar a ninguna de ellas. Eran las danzarinas de la muerte.

       –Eso no lo vi -dijo Planz-. Pero, desde luego, lo que es a mí no me mataban si para matarme tenían que esperar a que yo diera un beso a una mujer ¡Je!. Me parece que los antiguos de esta tierra eran más tontainas que los nuestros.

       –Valía la pena perder la cabeza a cambio de un beso -dijo Rido.

       Volvióse hacia Eda, que le había estado escuchando y preguntó, despectivo:

        –¿Me da el beso ahora o antes de que me corten la cabeza?

       –No se corta la cabeza a nadie -dijo Aram.

       –Es cierto -sonrió Pablo-. Se mata por desintegración lenta. Un suplicio que dura una semana. Al final de ella, entra en la cámara un ayudante del verdugo con una escoba y una palita, reúne en un montoncito el poquito de polvo que queda, lo recoge en la pala y lo tira a la basura. Era un hombre desintegrado.

       –Muy higiénico; pero no me gusta -dijo Sánchez.

       –Ya hemos llegado -anunció Aram-. Cuando ustedes quieran.

       Rido repitió, antes de ir hacia la salida:

       –Espero su danza delante del cadalso, Eda. Y su beso.

       –Será un placer -dijo Eda, riendo.

       Bajaron por la larga rampa, estaban en el aeropuerto Imperial. coincidiendo con su llegada una centelleante esfera, iluminada por los reflectores del campo se elevó sobre unos penachos de fuego color violeta. A los pocos momentos la aeronave se perdió en las tinieblas; pero al cabo de un minuto, cuando ya las llamas de sus tubos de impulsión se habían apagado, la aeronave se convirtió en un disco de luz solar. Estaba reflejando los rayos del astro rey, que ya no llegaban a aquella parte de la tierra. El resto del viaje, hasta desaparecer en la estratosfera, lo hizo la aeronave bañada en luz del sol.

       –Vamos -pidió Aram-. Es tarde.

       Les hizo subir a una especie de coche celular y el vehículo, a pesar de que no tenía ruedas, se deslizo velozmente por las calles, hacia la fortaleza de Raius. Al fin se detuvo el vehículo y se abrieron las puertas. Todos los guardas iban uniformados de negro. Sus rostros eran inexpresivos, y, sin embargo, parecían crueles. Expresaban crueldad.  Estaban en el patio. En el dintel de la puerta que conducía a los calabozos, alguien había escrito con tiza:

       “Olvídate de la Esperanza. Se quedó fuera para  siempre”.

       –Debía de ser un optimista -comentó Sánchez.

       Un guardia negro le empujó y cerró tras ellos la enorme puerta. El eco resonó en toda la fortaleza.

       La esperanza había quedado fuera. Dentro de aquel castillo, no había nada tan inútil como la esperanza.

 

*  *  *

 

       Un hombre que vestía el uniforme de la Guardia Negra acabó de redactar un informe y metiéndolo en un tubo de acero que coronaba otro tubo más largo y provisto de unas aletas graduables, salió a la terraza del piso que ocupaba y colocando un proyectil en un agujero abierto en el suelo, esperó unos minutos con la mano en un largo disparador de cable. Al llegar el momento apretó el disparador y el cohete salió velozmente, dejando una tenue estela de humo blanco. En aquel instante el enorme globo de Chidos, apareció en el horizonte y su verdosa luz se extendió sobre la Tierra.

       El cohete, apenas dejó la zona de atracción terrestre, aceleró su marcha y entró a las pocas horas en la zona de atracción de Chidos. El mensaje llegó a su destino a las cuatro horas de haber sido enviado.

       Sonti, gobernador territorial de Chidos encerróse en su despacho y leyó:

       ”Dos prisioneros. Se supone que son espías. Al principio pretendieron llegar del futuro. Sometidos a análisis mental y psicológico. Son pilotos. Uno: capitán Rido, inteligencia superior. Otro: Sánchez Planz, inteligencia de tipo menor. Serán juzgados cuando las drogas hagan efecto y les obliguen a declarar sus culpas. Condena. Desintegración lenta. Aconsejo su utilización”.

       No hacía falta la firma. Sonti sabía quién le enviaba aquel mensaje.

       Pulsó una clavija y en el acto, la pantalla de un fonovisor se iluminó ante él, sobre su mesa. Era la línea directa con el ministro de Justicia.

       –Excelencia: quisiera pedirle algo -empezó.

       –Ya sabes que todo está a tu disposición, Sonti.

       –Tengo que hacer unos experimentos con una nueva arma. Envíame en cuanto puedas un par de condenados a muerte.

       –Bien. Tomo nota -respondió el ministro-. Creo que hoy han sido detenidos unos espías. El tribunal te los enviará. Son un tal Rido y Sánchez

       –Bien. Muchas gracias. Tanto me da que sean unos como que sean otros. Muy agradecido. Y a tus órdenes. Tomo nota de los nombres. Envíalos en cuanto puedas.

       Cortó la comunicación y de un nutrido fichero saco dos fichas en blanco. En una de ellas escribió el nombre de Rido y en la otra el de Sánchez. Las guardó en el lugar que les correspondía alfabéticamente y cerró el fichero

       Se estaba acercando la hora de su máximo triunfo.

       Cerró su despacho privado y por un ascensor particular descendió al laboratorio que tenía instalado en los sótanos, a cien metros bajo tierra.

       –¿Está preparado todo? -preguntó.

       -­¡Sí, Excelencia! -respondió un miembro de su guardia dorada.

       Sonti avanzó por el ancho pasillo hasta un balcón que daba a una plaza circular, iluminada por varios reflectores, y situada a veinte metros por debajo del balcón. En aquella plaza, empequeñecidos por la amplitud y la soledad, tres hombres y dos mujeres, se agrupaban, como si de esta forma pudieran protegerse mejor.

       -­¡Excelencia!

       Un oficial tendió a Sonti un disparador de granadas, de cañón corto y boca ancha.

       El tetrarca movió negativamente la cabeza.

       –Puedes hacerlo tú -dijo.

       El oficial saludó, volvióse hacia la plaza y apuntando junto al grupo que ocupaba el centro, disparó una granada que estalló con densa y achocolatada humareda.

       Los prisioneros quisieron huir; pero el humo los retuvo con extraña energía, acaso porque les quitó todas las suyas.

       Los aspiradores de gases empezaron a funcionar atronadoramente. Ni una partícula de aquel gas debía escaparse.

       Cuando se hubo disipado totalmente. Los prisioneros estaban convertidos en monstruosos y velludos animales, cuyo aspecto recordaba al del hombre; pero sus cabezas eran más aplastadas, sus labios mucho más gruesos, sus manos infinitamente más largas.

       Si Rido los hubiera visto habría reconocido en ellos a los simios gigantes de África.

       Sonti no los había visto nunca, pero estaba satisfecho.

       –Es un gas maravilloso -dijo-. Quiero felicitar al inventor. Uno de ésos era miembro de la Guardia Negra, ¿no? -preguntó, señalando hacia la Plaza.

       –Sí, Excelencia. Le pusimos una argolla en un tobillo, para poder identificarle luego.

       –Aseguraos de que no puede hablar ni escribir Y entonces enviadlo a Tierra, al cuartel de la Guardia Negra. Ellos comprenderán. Así no volverán a enviar espías a Chidos.

       –El químico dice que necesitaría nuevos ejemplares para hacer expe-rimentos más completos.

       –Dile que pronto los tendrá.

       Lentamente, satisfecho de lo que sus químicos inventaban, Sonti se dirigió de nuevo hacia el ascensor. Desde el gran balcón que le servía para asistir a los desfiles de las fuerzas militares Sonti contempló la Tierra, flotando en el cielo.

       -­¡Eres demasiado pequeña! -gritó, amenazándola con el puño-. Si no puedo conquistarte, te destruiré y sumiré a todos tus habitantes en una nueva barbarie.

 

 

 

FIN

 

 

 


LA GUARDIA NEGRA

 

 

 

 

CAPITULO  PRIMERO

 

 

       El gobernador territorial de Chidos reclamaba la entrega de los prisione-ros Sánchez Planz y Rido. Quería utilizarlos para sus experimentos.

       La Guardia Negra rechinó de coraje y despecho. Sonti siempre les quitaba los prisioneros que figuraban como pilotos. Además…

       Aquella mañana Sonti les había enviado desde Chidos un gigantesco simio. Un monstruo horrible que aun conservaba un poco de consciencia y trató de hacerles comprender quién era. Como sólo podía ser uno de los cien espías que la Guardia había enviado a Chidos, se trajeron apresuradamente los retratos de los agentes y el simio, antes de hundirse en la más completa y brutal de las incons-ciencias, señaló uno de los retratos. Así supieron quién era.

       El Jefe de la Guardia Negra se presentó aquel día ante el Ministro de Justicia.

       –Sé que el Tetrarca de Chidos ha solicitado la entrega de los dos prisioneros que fueron condenados a muerte por el Tribunal.

       –¿Y qué? -preguntó el Ministro.

       –No deben serle entregadas.

       –Se lo prometí -dijo el Ministro.

       –Dígale que el Tribunal insistió en que la sentencia de muerte fuese ejecutada en el acto.

       –¿Por qué he de hacerlo?

       –Luego le enseñaré en qué se ha transformado uno de los espías que la Guardia situó en Chidos. Biológicamente recuerda a un ser humano; pero su cerebro se ha bestializado y ya no tiene el sentido de la palabra ni el de la memoria.

       –¿Qué nos importa lo que hagan con esos prisioneros? ¿Es algún mal que en vez de matarlos nosotros los transforme Sonti en bestias?

       –No creo que hiciera eso…

       –Ustedes, los de la Guardia, se ofenden en seguida si alguno de los gobernadores territoriales se molesta por los espías que ustedes sitúan en su territorio. La Constitución prohibe el uso de espías en los territorios confederados. Si el Tetrarca de Chidos hace matar a los espías de la Guardia Negra que encuentre allí, nada podemos decirle. Antes que él habremos faltado nosotros. No tenemos derecho a espiarle. Es una prueba de desconfianza. Hace bien matando a los espías. Y si en vez de matarlos hace que se conviertan en animales, demuestra mayor consideración de la que podemos exigirle. No podemos enterarnos de lo que ha hecho con sus espías.

       –¿Le entregará los prisioneros?

       –Se lo prometí.

       –Bien. Aquí tiene una lista de los hombres que Sonti ha pedido para sus experimentos en Chidos. Desde el primero hasta el último, todos tienen algo en común.

       Ministro echó una ojeada a la lista de más de tres mil hombres que el  jefe de la Guardia Negra le presentaba.

       –¿Qué tienen de común? -preguntó.

       –Del primero al último todos son pilotos interplanetarios. Es la única clase de reos que le interesan. Pilotos interplanetarios. Oficialmente, todos ellos han muerto en los campos de pruebas de Chidos; pero esos ciento sesenta y cuatro cuyos nombres aparecen señalados con raya roja han sido visto vivos en los aeródromos de Chidos. Sonti está  formando una aeronáutica militar.

       –¿Para sublevarse? -preguntó, casi riendo, el ministro.

       –Para convertirse en el dueño de la Confederación.

       –Eso es algo que está fuera de sus posibilidades.

       –Mientras no lo intente no lo sabrá. El cree poder vencernos.

       –Las fuerzas de la Confederación son tan enormes que destruirían en unas horas a Sonti y cuantos de grado o por fuerza le siguiesen. No se preocupe más. La tierra de Chidos es un volcán. Unas cuantas bombas descargadas sobre su suelo. reducirían a la nada a Chidos. Extraño Planeta… -el ministro entornó los ojos-. No quisiera vivir allí por nada del mundo. Inagotable fuente de metales y de nitrógeno; pero no he visto jamás sitio más feo. Tranquilícese, general. Sonti no intentará nada. Sabe a lo que se expone.

       –Y sabe lo que puede hacernos. Le aconsejo que vaya a ver a nuestro hombre. Me refiero a ése que nos ha devuelto convertido en bestia peluda y horrible. No lo ha conseguido por medio de operaciones de cirugía antiestética. Ha utilizado un virus que se emplea en forma gasificada. Si ha oído hablar de los proyectiles volantes, ya sabe lo que puede hacer contra nosotros.

       –¿Guerra bacteriológica? -el ministro se echó a reír-. Eso es bueno para las novelas baratas. No sirve para nada práctico. ¿Que beneficios iba a conseguir Sonti usando contra nosotros ese virus que nos transformaría en bestias?

       –Asustar.

       –¿A nosotros?

       –O a los veintinueve planetas restantes. Si usa el virus contra la Tierra, los demás planetas de La Confederación, aterrados, se someterán. La Tierra quedar  convertida en un mundo poblado por bestias horribles que antes fueron seres humanos. Luego se podrá usar este planeta como coto de caza de los demás.

       El ministro estaba a punto de dejarse impresionar por el espantoso cuadro que le ofrecía el general de la Guardia Negra; pero un ministro no puede demostrar que siente miedo. Es antipolitico.

       –Bien, le diré a Sonti que el Tribunal dio la orden de ejecución y que el indulto llegó demasiado tarde. Procure que en todos los documentos de la ejecu-ción, la fecha aparezca debidamente retrasada al día en que se dictó la sentencia.

       –Así se hará  pero convendría que el Tetrarca de Chidos fuera llamado a Imperial con algún motivo justificado. Así podríamos detenerle y acabar con la rabia y con el perro al mismo tiempo.

       El ministro miró compasivamente al general.

       –Hagamos eso y a las veinticuatro horas los veintiocho planetas restantes habrán roto sus lazos con nosotros. Faltemos a nuestras propias leyes y destruiremos nuestra fuerza, Demostremos que en vez de la justicia usamos el engaño y que nuestra palabra no vale nada, y todo lo conseguido hasta hoy se reducirá a la nada, Un tetrarca es una especie de soberano independiente, Sólo puede ser privado de sus derechos por un tribunal formado por los restantes gobernadores y en el cual se tome un acuerdo unánime. Un solo voto a favor del acusado es suficiente para que la sentencia sea absolutoria. No podemos actuar contra Sonti; a menos que éste se subleve abiertamente contra La Confederación.

       –Cuando lo haga será demasiado tarde.

       –General -sonrió el ministro-. El Ministerio de la Defensa de la Confede-ración tiene disponible diez mil aeronaves que pueden bombardear con bombas especiales a Chidos. Bombas que provocarían la reacción en cadena de los átomos del nitrógeno. Eso, en una tierra tan rica en minerales nitrogenados como Chidos, sería una catástrofe. Yo sé que ello está previsto. Si Sonti se subleva, la armada actuará inmediatamente. Abrirá los pliegos sellados que se guardan en diversos lugares y actuar  de acuerdo con el plan general. Para el caso de la rebelión de Chidos, ese plan es de bombardeo con bombas reactivadoras del nitrógeno. Cuan-do empiece el bombardeo, no quisiera estar en Chidos por nada del mundo.

       El general inclinó la cabeza.

       –El peligro está en eso, precisamente -dijo-. Chidos no puede detener el golpe. Lo único que puede hacer es devolver otro golpe, ¿podremos detenerlo nosotros?

       –El tiempo lo dirá -sonrió el ministro-. Usted ve las cosas demasiado personalmente. La grandeza de la Confederación se basa en el conjunto, no en la unidad. Somos grandes por una conjunción de personalidades que forman una gran personalidad. Si dejáramos que esa gran unidad se desmembrara en pequeñas personalidades, no seríamos nada. Y ahora vaya a ordenar que se ejecute la senten-cia.

       El general de la Guardia Negra salió del despacho en dirección a la fortaleza de Raius.

       El ministro aguardó un momento; luego, seguro de que el general Cayan no podía oírle, llamó a su colega del Ministerio de la Guerra.

       –Acabo de hablar con el general de la Guardia Negra -dijo-. Sí, el general Cayan. Te aconsejo que lo asciendas a Mayor General.

       –¿Por qué? -preguntó el ministro de la Guerra.

       –Está desarrollando un excesivo individualismo. Ve los problemas desde un punto de vista demasiado personal. No piensa en bloque sino en unidad. ¿Comprendes?

       Le explicó lo ocurrido y el de la Guerra replicó:

       –Tienes razón. Lo ascenderemos. De momento temí que hubieras descubierto alguna liviandad ideológica. Lo reemplazaremos por un general más joven. Gracias por advertirme. Ante mí se hubiera mostrado más cauto y menos espontáneo.


CAPITULO II

 

 

       Al llegar a la fortaleza, el general no perdió un momento. Llamó a su ayudante y a otro oficial de la Guardia Negra y con ellos se dirigió a las celdas que ocupaban Pablo Rido y Sánchez Planz.

       –Ha llegado el momento -dijo al primero.

       –¿Y el mío, también? -preguntó Sánchez Planz

       –Sí -respondió, seriamente, el general.

       –¿No hay banquete? -preguntó Sánchez.

       –Un estómago repleto complicaría las cosas y haría más doloroso el final -respondió Cayan-. Vamos.

       Sánchez Planz y Rido fueron esposados el uno al otro. Precedidos por el general y seguidos por los dos oficiales, caminaron a buen paso a lo largo del corredor que conducía hacia una verde puerta que ocupaba todo el espacio, desde el techo al suelo y de pared a pared. El corredor estaba lleno de celdas de condenados a muerte que esperaban el momento de la ejecución. Todos los reos, en su mayor parte delincuentes comunes, autores de horribles crímenes o simples degenerados que no tenían curación, se asomaban a las rejas de sus celdas asomando las manos y pidiendo a gritos a Rido y su compañero que les diesen la ropa, zapatos y todo lo que llevaban encima.

       –Ahí dentro se quemar  para nada -decían-. ¡Dádnoslo!

       Sánchez le tiró a uno un paquete de cigarrillos, luego protestó:

       -­No corramos tanto, que yo no tengo prisa por irme al otro mundo! ¡Ni que se nos escapara la astronave de Venus!

       Su muñeca derecha estaba esposada a la muñeca izquierda de Rido. Este, tirando de él, dijo:

       –Si hemos de terminar, por lo menos que sea pronto.

       –De todas formas será demasiado pronto -gruñó Sánchez-. ¡Morir cinco millones de años antes de mi nacimiento! ¡Esto no está nada bien!

       Llegaron ante la verde puerta y el general saco un estuche blindado y de él un isótopo que acercó a la cerradura. Al momento las dos hojas de acerilit se abrieron, introduciéndose en la pared. Ante Rido y Planz apareció una estancia de paredes metálicas en cuyo centro había dos sillones articulados. Sobre ellos pendían dos tubos semejantes a dos cortos cañoncitos antiguos, metidos en una rótula de acero.

       Rido y Planz fueron sentados en los sillones y la esposa que los unía quedó sujeta a una especie de gancho que se cerró en seguida.

       –¡Feliz viaje! -deseó Cayan-. Permanezcan sentados y procuren dormir. Esto les ayudara.

       Dio a cada uno de los condenados un frasquito de cristal con tapón de goma lleno de agujeritos.

       –Aspirenlo y se dormir n en seguida.

       El general y sus dos compañeros saludaron militarmente y antes de salir, Cayan advirtió:

       –Dentro de un minuto comenzara el proceso de desintegración. Un minuto justo después de haberse cerrado la puerta.

       Salieron de la cámara de la muerte y con un movimiento de isótopo, Cayan hizo que las dos enormes hojas de acerilit corrieran sobre sus suaves rodillos y la cámara de la ejecución quedase cerrada por un espacio de siete días. Nadie podría abrila antes.

       Para los condenados que esperaban el momento de su propia ejecución, aquello era la seguridad de que hasta dentro de siete días no podía ocurrirles nada.

       El general aguardó el minuto reglamentario para oír el disparo de la puesta en marcha de los desintegradores. Mientras esperaba, oyó enérgicos pasos a su espalda. No se movió ni volvió la cabeza. Los que llegaban se detuvieron, comprendiendo lo que ocurría.

       El ayudante del general contaba en su cronógrafo los segundos que faltaban.

       –…ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno…

       Un ahogado chasquido resonó en el subterráneo. En la verde puerta encendióse una roja luz que indicaba lo que estaba ocurriendo al otro lado. Aquella luz roja seguiría luciendo durante siete días, hasta cerrarse el ciclo de la desintegración.

       -­¡Mi general!

       Cayan se volvió hacia el que había hablado. Era el coronel Zahryen.

       -­¡Coronel! -replicó Cayan, devolviendo el saludo que el otro le dirigía.

       –Su Excelencia, el ministro de la Guerra, le ha ascendido a Mayor General -dijo el coronel-. Deseo ser el primero en felicitarle. También yo he sido ascendido, aunque sólo a general, y he recibido la orden de hacerme cargo del mando de la Fortaleza de Raius. Le hago entrega de mis credenciales y repito mi felicitación.

       –Gracias, general nunca imaginé a nadie mejor que usted para reem-plazarme en este cargo. Y celebro que no haya llegado usted un momento antes, pues así he podido ahorrarle la molesta tarea de dirigir una sentencia capital. Aparte de ello, me hubiera gustado ahorrarme esta molestia.

       –Lamento no haber llegado antes, mi mayor general. ¿Debo dejar la guardia ante la cámara de las ejecuciones o da usted la orden?

       –Desde el momento en que me ha comunicado usted mi ascenso, y la designación de su persona para reemplazarme, todas las órdenes que se dicten

en la fortaleza de Raius deben emanar de usted.

       Zahryen saludó de nuevo y dio unas secas ordenes. Dos de los hombres que le acompañaban se colocaron a ambos lados de la puerta, apoyando las manos en los cortos cañones de sus desintegradoras de calibre mediano. Los demás siguieron al general ascendido y a su sucesor. Iba a dar comienzo la ceremonia del traspaso del mando.

       Al cabo de siete días se apagó la luz roja en la verde puerta. El nuevo general de la Guardia Negra, de acuerdo con las ordenanzas, acercó el isótopo a la puerta y ésta descorrió sus hojas, mostrando el iluminado interior de la cámara de la muerte. En el gancho colocado entre los dos sillones se veían, colgantes, unas aceradas esposas. Sobre los sillones y en el suelo, en torno a ellos, sólo se veía una capita de grisáceo polvo.

       El nuevo ayudante del nuevo general gobernador de la fortaleza inclinóse y con una placa rectangular de plástico y una pequeña brocha recogió una cantidad de polvo que metió en un frasco, tapón se precintó en el acto y el frasco fue llevado al laboratorio de la prisión. El químico director hizo el análisis reglamentario y al terminar declaró:

       –Las cenizas que me han sido entregadas pertenecieron a dos hombres de distinta configuración

       Luego tiró el frasco, la brocha, la placa y las cenizas restantes a un horno eléctrico, donde todo fue consumido en un momento.

       En la puerta de la fortaleza de Raius se colocó un cuarto de hora después, un anuncio indicando que:

 

PABLO (capitán) RIDO

SANCHEZ (sargento) PLANZ

 

Que fueron condenados a muerte por un tribunal de la Confederación de los Treinta Soles, han sido ejecutados. ¡Viva la Confederación! ¡Mueran los traidores!

       En la cámara de las ejecuciones, unos aspiradores centrífugos absorbían las cenizas que habían quedado en el suelo y las lanzaban hacia los jardines. Mezcladas con la lluvia serían un buen abono para las plantas que allí crecían más hermosas que en ninguna otra parte, porque sólo allí, árboles, flores y plantas recibían periódicamente tan magnifico abono.


CAPITULO III

 

 

       Tras un interminable espacio de tiempo, el dolor hizo volver en sí a Rido. Le ardía la muñeca izquierda. La acercó a sus ojos y entonces se dio cuenta de que para poder hacer aquello era necesario estar libre de las esposas que le sujetaron a Sánchez. Miró a su alrededor y encontróse en una camilla, con una almohada neumática bajo la cabeza. A su lado, en otra camilla vio a Sánchez Planz, intensa-mente pálido y, al parecer, sin sentido

       Notando movimiento ante él, miró hacia allí y vio a un grupo de personas. Entre ellas reconoció a Aram, el compañero de Eda. A los demás no los conocía.

       –¿Se encuentra muy mal? -preguntó Aram.

       –No lo sé -contestó Rido-. ¿Estoy vivo?

       –Sí -respondió Aram-. No debe olvidar ni por un momento que si usted y su amigo están con vida es gracias a los inmensos peligros que se han corrido para salvarles.

       –¿Estamos salvados? -preguntó, irónico, Rido.

       –Por ahora sí. Hace tres horas que los hemos sacado de la cámara de ejecuciones. Son ustedes los primeros que han salido con vida de ella, después de haber sido encerrados en su interior.

       –Todo eso es un poco raro, Aram -comentó Rido-. Tendrá que aclararlo mejor. ¿Puedo levantarme o debo permanecer tendido aquí?

       –Si puede hacerlo, levántese.

       Rido se incorporó. Por un momento pareció que todo giraba a su alrededor. Por fin consiguió recobrar la clara visión de las cosas e inclinose hacia Planz. Este tenía una gran quemadura en la muñeca derecha. A1 pasar los dedos sobre la herida, Pablo se dio cuenta de que estaba cubierta por un vendaje plástico transparente. También su muñeca izquierda estaba tapada por un apósito similar.

       –La desintegración empieza por la muñeca sujetada por la esposa de me-tal magnetizado -explicó Aram-. Tardamos dos minutos y cuarto en abrir la puerta secreta de la cámara y en liberarles de las esposas. Durante ese tiempo estuvieron ustedes sufriendo las descargas radioactivas. Colocamos un escudo antienergía sobre ustedes, y sobre los que trabajaban para salvarles. Tardamos dos minutos más en abrir las esposas y en sacarles de aquel ambiente. Luego echamos el polvo sintético similar, en su aspecto, a las cenizas humanas, residuo de la desintegración…

       –¿Para qué echaron polvo de ese? -Preguntó Rido.

       –Su ausencia, al abrirse la puerta principal, sorprendería a los Guardas Negros. La no existencia de cenizas demostraría que no hubo ejecución. Y para ello sólo existiría una explicación lógica: Los condenados habrían sido sacados de la cámara por otro sitio. Por la puerta principal, no, pues desde el momento en que se cerró ante ustedes, quedó vigilada. Además, sólo se abre con el isótopo especial que posee el general gobernador. Una investigación minuciosa, ayudada por los aparatos detectores que la Guardia Negra posee, detectarían la existencia de otra puerta y de un camino secreto que les traería hasta aquí. Aunque tenemos siete días seguros, durante les cuales nadie nos buscará, hemos preferido dejar las cosas de forma que nadie sepa que existe una puerta de escape, por la cual han salido algunos hombres que merecían mejor suerte que morir desintegrados.

       –¿Y sólo viendo el polvo en el suelo creerán que hemos fallecido? -pre-guntó Pablo.

       –Se cogen muestras del polvo y se llevan al laboratorio, donde se analiza y si se trata de polvo o cenizas humanas, se declara que la sentencia ha sido cumplida.

       –Eso quiere decir que cuando analicen nuestras cenizas, verán que se trata de polvo sintético, ¿no?

       –El químico pertenece a nuestro grupo y ya sabe lo que tiene que decir.

       –¿Y si está enfermo y otro ocupa su sitio?

       –El análisis es muy sencillo. Tres gotas del número trescientos diecinueve. Cuatro gotas del número veintiocho y una gota del número mil quince. Sobre esto se vierte un cuarto de litro de agua radioactivada, se revuelve y se echa dentro un decigramo de cenizas. El líquido pasa del azul celeste pálido al rojo intenso. El polvo sintético que usamos da esa coloración en cualquier agua. Nadie advertirá el engaño, aunque el análisis lo realizara otro químico.

       –¡Caray! ¿Qué mundo es este?

       Sánchez se había sentado en el borde de la camilla y se apretaba las sienes con las manos.

       –¿Estamos muertos, vivos o mitad y mitad?

       –Por ahora aun estamos vivos, ¿ no, Aram? -preguntó Rido.

       -­¡Vaya! Aun nos podrán condenar a muerte otra vez. Me gustaría saber…

       –Les ruego que no hagan más preguntas -pidió Aram-. Como dije antes, hemos corrido grandes riesgos para salvarles. Ahora no se asombren de nada. Por raro que parezca, todo lo que irán viendo es natural. Es lógico y estarán siempre entre amigos. Si no pueden caminar les llevaremos. . .

       –Un momento -pidió Rido-. ¿Dónde estamos?

       –En los sótanos de la fortaleza de Raius. Hay cientos de miles de metros de túneles y corredores. Todas las generaciones han abierto algún camino subterráneo en estos lugares. Son un laberinto que nadie puede recorrer sin peligro de perderse.

       Rido observó que algunos de las que estaban allí lucían uniformes de la Guardia Negra, ¿No sería todo una encerrona, una trampa, un engaño más…?

       Siguió a Aram por el túnel. A su lado caminaba Sánchez Planz. Les seguían los demás que estuvieron presentes cuando Rido volvió en sí, tras los efectos del anestésico. Le dolía la muñeca izquierda, aunque menos de lo corriente en aquel tipo de peligrosas heridas. ¿Que pretenderían de él y de Planz? ¿Por qué no los habían matado? ¿Por qué la comedia de que los habían salvado de la desintegración?

       –Esto huele a melodrama barato -comentó Rido para su compañero.

       –Veremos si el telón cae sobre unos cuantos cadáveres repartidos por la escena y nosotros formamos parte del grupo de los muertos…

       –Me parece que allá veo a una conocida -dijo, de pronto, Rido.

       Eda corrió hacia ellos, desde el cruce del camino, donde estaba espe-rando.

       –¡Qué alegría, capitán Rido!  -exclamó.

       Estaba ante Rido y parecía casi dispuesta a abrazarle; pero Rido la rechazó de un empujón, que la precipitó de espaldas contra el muro derecho del túnel. El asombro y la angustia se pintaron en el rostro de la muchacha.

       –¿Por qué…? -tartamudeó.

       Quiso, de nuevo, ir hacia Rido, y, ahora, éste la rechazó de una bofetada en pleno rostro.

       -­¡Capitán! -gritó, amenazador, Aram-. ¡Si no la respeta tendré…!

       –Puede hacer conmigo lo que quiera o lo que pueda -replicó Rido-; pero cuando me encuentro frente a un traidor, le trato como se merece. Y no hay peor traidor que aquel que utiliza su belleza.

       –Sin embargo…

       –Tiene razón, Aram -dijo Da-. Tiene derecho a pegarme y hasta lo tiene de matarme. ¿Qué le han hecho?

       –¿Por qué no pregunta: Qué le hemos hecho? Estas quemaduras también se  las debo a usted, señorita. Pero la eché de menos a la hora de entrar en la cámara. ¿Por qué no estaba allí? ¿Es que no se permite la entrada a las señoritas?

       –Es usted injusto, capitán; pero no lo sabe -dijo Eda-. Creí que se daría cuenta de que yo hacía aquello por un motivo muy importante…

       –¡Iportantísimo! -exclamó Planz-. Por lo menos lo era para el jefe y yo. Se trataba de nuestra piel. No me gustó nada lo que intentaban hacer con ella.

       –Pasemos a otro sitio más reservado -dijo Aram.

       Casi los empujó a todos hacia el interior de una estancia que en otros tiempos debió de ser central de comunicaciones, pues aun se veían en las paredes viejos teléfonos. Había unas mesas con aparatos de comunicación, y otra sobre la cual se veían botellas y alimentos.

       –¿Quieren tomar algo? -preguntó Aram a Rido, acercando la mano a una de las botellas.

       –He perdido el apetito -gruñó el capitán.

       –Yo no lo pierdo por tan poca cosa -dijo Planz.

       Eda bajó la vista y sentóse en una de las sillas.

        –Ha sido un buen comentario, Planz -dijo Rido-. Te haré caso y comeré algo.

       Sin mirarle, Eda rogó:

       –Escuche lo que tengo que decirle. Usted no sabe lo mucho que he sufrido por usted.

       –Sé los sufrimientos que tengo que agradecerle -respondió Rido.

       –Son distintos… aunque tal vez los suyos sean peores. Quiero recordarle nuestro encuentro. Ustedes estaban en un prado y fueron localizados por los detectores de la nave en que viajábamos Aram, yo y otros. Fueron detenidos por la Guardia Negra. Dieron una explicación increíble de su presencia allí. No quisieron entregar su aparato. La Guardia decidió que eran espías. Aunque no hubiera reunido más pruebas contra ustedes, les habría hecho condenar a muerte. En la duda todos los extranjeros que no pueden justificar totalmente su presencia en el Planeta, son ejecutados. Por mucho que Aram y yo tratásemos de hacer por uste-des, el resultado hubiera sido el mismo; pero él y yo nos habríamos comprometido, despertando las sospechas de la Guardia Negra y poniendo en peligro los puestos que ocupamos. No podíamos salvarles de otra manera. Y… ya ve que los hemos salvado. Nunca sabrá el esfuerzo realizado y el peligro corrido. No sólo por nosotros, sino por todos los que están a nuestro lado.

       –¿Es una conspiración? -preguntó Rido.

       –No contra el Gobierno de la Confederación de los Treinta Soles

-respondió Eda-. Es contra Sonti, tetrarca de Chidos.

       –¿Les hace la competencia? -preguntó Planz.

       –Es un hombre lleno de colosales ambiciones. Obtuvo el gobierno de Chidos y convirtió ese territorio minero en su feudo. Allí él es el dueño absoluto. Chidos es una tierra riquísima en metales. Sonti la ha convertido en el arsenal de la Confederación. Allí están las más grandes fábricas de material de guerra. De allí salen las astronaves y los cazas más rápidos que existen. Chidos, en apariencia, lo entrega todo; pero sabemos que por cada dos aparatos que entrega se reserva uno. En la actualidad cuenta con más de tres mil aparatos de intercesión. La Confederación de los Treinta Soles tiene diez mil aparatos. pero se ve obligada a distribuirlos entre los más importantes planetas de la Confederación. En cualquier momento, Sonti tiene a sus órdenes más aparatos que nadie. Además, construye proyectiles dirigidos. Levantó una fábrica sabiendo que el gobierno le censuraría por ello. Dio la noticia en una reunión de tetrarcas y fue reprendido por el derroche de dinero que significaba crear una fábrica para producir un elemento de guerra tan poco práctico. Sonti prometió pagar la fábrica con su propio dinero y producir para otros mercados. El Congreso de Tetrarcas se dio por satisfecho, y votó una moción de confianza para Sonti.

       –¿Por qué los proyectiles dirigidos no se consideran prácticos? -preguntó Rido, cuyo interés iba en aumento.

       –Su alcance es muy reducido. Podrían moverse libremente dentro de los límites de la Galaxia; pero ninguno de ellos alcanzaría la más próxima de las otras galaxias En apariencia, Sonti vende proyectiles a los Planetas extranjeros, pues se admite como imposible que aquellas gentes puedan dirigir bombas volantes contra nosotros. En realidad no vende ni un solo de los miles de proyectiles dirigidos que fabrica diariamente,

       –¿Miles diarios? -preguntó Rido.

       –Sí -contestó Aram-. Tenemos espías en Chidos y hemos recibido buenas informaciones desde allí. El tetrarca de Chidos ha construido una flota aérea de más de tres mil aparatos. Además, cuenta con varios millones de bombas volantes para bombardear los veintinueve planetas de la confederación, con proyectiles bacteriológicos.

       –¿Qué clase de virus lanzar ?

       A la pregunta de Rido, Aram respondió levantándose y pidiendo que le acompañara.

       Cruzaron unos corredores. Iban solos. Eda había permanecido en la habitación. Planz tras un momento de duda les siguió, alcanzándoles cuando entraban en un túnel donde se percibía un intenso olor de parque zoológico. Al final, Aram abrió una puerta y entraron en una enorme sala por cuyo centro corría un ancho camino a ambos lados del cual se habían improvisado jaulas con barrotes de acero colocados entre el suelo y el techo. Tras aquellos barrotes se veían una docena de monstruosos animales.

       –¿Qué le parece? -preguntó Aram, en cuyo rostro se pintaba un profundo espanto-. ¿Ha visto jamás nada semejante?

       Rido había visto cosas como aquellas. Había visto los orangutanes, los osos, los cerdos, los jabalíes y los gorilas que allí se exhibían. Pero se daba cuenta de que todos aquellos animales eran nuevos para Aram. Por eso movió negativamente la cabeza.

       –¿Qué son? -preguntó luego.

       –Creaciones de ese monstruo de Sonti. Ensayos de sus virus. De los que piensa meter en la cabeza explosiva de sus bombas cohete. Con esos virus piensa bombardear a sus enemigos. Cuando estallen, repartirán por el mundo el veneno de su virus y la humanidad se transformará en esto -y Aram abarcó todo el grupo de bestias con un amplio ademán.

       –¿No existe un remedio para que estas bestias recobren su condición humana? -preguntó Rido.

       –Debe de existir; pero Sonti lo tiene en pequeñas cantidades.

       –Sin un antídoto no puede haber virus eficaz. Resultaría tan peligroso para su pueblo como para el enemigo.

       –Cree que no tendrá necesidad de utilizarlo y que le bastará con este ejemplo para que las naciones se le rindan, aterradas.

       –¿Está seguro de que estos seres fueron antes hambres?

       Aram asintió.

       –Fueron agentes nuestros. Cuando llegaron aquí aun eran hombres. Sonti los cazó en Chidos y los sometió a los efectos de sus virus administrados gaseosamente y con efectos retardados. Luego los envió a Tierra, creyendo que se trataba de agentes de la Guardia Negra. Traían una historia de lo que se había hecho con ellos. Los vimos transformarse en pocas semanas, en esto que ahora ve. A cada uno le pusimos una argolla en el tobillo izquierdo, para saber quiénes habían sido antes de convertirse en bestias. El virus ataca ante todo los centros cerebrales. Luego las glándulas endocrinas. Lo primero que se pierde es la memoria; luego se presenta una transformación del organismo que va alterando el aspecto físico del hombre, Nuestros médicos han hecho todo lo posible por hallar un remedio al mal. No han conseguido nada. Creen que no existe antídoto alguno y que, además el virus, administrado en dosis más enérgicas, Provocaría unos efectos más rápidos.

       –Vamos -dijo Rido-. Esto no es un espectáculo muy agradable.

       Cuando salieron todos los animales se precipitaron hacia los barrotes de las jaulas gimiendo y chillando plañideramente.

       –Nunca me habían dado miedo esos bichos -dijo Sánchez Planz-; pero la idea de que antes fuese hombres…

       –No digas nada de que nosotros ya los hemos visto más adelante -dijo Rido-. Finge que es la primera vez que los vemos.


CAPITULO  IV

 

 

       En los días que siguieron, Rido fue conociendo toda la historia de Sonti y de la Confederación. Esta era muy poderosa. Poseía una flota sideral de más de diez mil aeronaves relativamente modernas. En conjunto, la confederación tenia mucho más de podrido que de limpio. Se percibían todos los síntomas de un próximo hundimiento.

       –Pero ya no quedan bárbaros en las montañas -decía Eda-. Ya no hay pueblos oprimidos que anhelan ocupar el puesto directivo que unos soberanos cobardes y débiles no saben ocupar dignamente. Ahora el trono se lo disputan unos cuantos hombres llenos de maldad y de salvajismo; pero de un salvajismo más refinado… Más civilizado, porque usa los elementos de guerra más modernos.

       –Si lo que necesita ustedes es una mano fuerte… puede que ese Sonti la tenga.

       –No la tiene. Es un cobarde. Si fuese un hombre valeroso, todos iríamos a luchar a su lado; pero es como los otros. Rastrero, cobarde, cruel. Intentar asustar y en el peor de los casos, lanzar sobre toda la civilización sus millones de proyectiles dirigidos.

       –Si los demás se asustan, no habrá nada de eso -dijo Rido-. El poder pasará a otras manos y ¡asunto concluido !

       –La Confederación no cederá. Para ceder es necesario ser valiente o pensar en el bien de la mayoría. También hace falta inteligencia. Nada de eso se encuentra en los cerebros rectores de la Tierra. Codicia, liviandad. egoísmo, desinterés… Les será más fácil ordenar a la Flota que vaya a destruir Chidos, que buscar una solución justa y viril. Y eso será el fin de esta gloriosa civilización. Volveremos una vez mas a la barbarie y tardaremos un millón de años en alcanzar de nuevo el nivel de vida actual. Eso es lo que nuestra Unión pretende evitar. Formamos un grupo de casi un millón de asociados repartidos por toda  la Confederación y la Galaxia. Tratamos desde donde podemos infiltrarnos, de evitar que estalle la catástrofe. Sabemos que si hay guerra, todo se perderá porque todos son unos insensatos que prefieren dar una orden brutal antes que meditar un poco y buscar una solución acertada. En este Planeta hemos establecido nuestro punto de reunión en los subterráneos del fuerte. Nadie sospecha nuestra situación ni nuestro escondite. Incluso tenemos dos aeronaves. Sus pilotos fingieron perderse en vuelo y se refugiaron aquí. Las tenemos preparadas para ir a Chidos y meter la cordura en la cabeza de

Sonti.

       –¿Cómo piensan hacerlo? ¿A martillazos?

       –Por convicción.

       –Cuando un mundo trata de resolver sus peores problemas con palabras, no cabe duda de que ha llegado al cenit de su civilización -dijo Rido-, pero allí mismo empieza su declive. Los pueblos son grandes por sus hechos, no por sus palabras. Este mundo de ustedes piensa demasiado en convencer y muy poco en vencer. La lucha y la violencia no son cómodas. Ataquen a ese Sonti directamente. Destrúyanlo y preservarán 1a Paz. Vayan a hablar con él, esfuércense en convencerle, y antes de un mes les declarar  la guerra.

       Pero todos los miembros de la Unión pesaban lo mismo: convencer a Sonti de que lo iba a perder todo. Estaban convencidos de que su sistema era el mejor. Rido acabó por dejarles creer que le habían convencido. Era mejor así. Le fatigaba discutir con aquellos bien intencionados tontos, entre los cuales se encontraban el general Cayan, que le ayudó a salvarse, anticipando la ejecución a 1a sospechada intervención de Zahryen. Había miembros de la Guardia Negra, numerosos pilotos astronavales, militares, hombres de ciencia, gentes ansiosas de conservar el mundo en paz.

       Al fingir que se dejaba convencer por las tontas ideas de aquellos hombres, Rido obtuvo ingreso en sus círculos rectores y se enteró de cómo pensaban hacer el viaje a Chidos.

       Tenían dos aeronaves. La Zylos, capaz para cincuenta tripulantes, y el Linza, un pequeño destructor con capacidad máxima de cinco pasajeros.

       El Mayor General Cayan le explicó su proyecto. La Zylos conduciría abiertamente a los representantes de la Unión a Chidos. Tras ella iría el Linza que aterrizaría en un lugar desierto de Chidos y si la misión de los otros fracasaba, se lanzaría sobre el palacio de Sonti y lo destruiría con un tiro directo. Para ello iba provisto de un poderoso proyectil cohete, con explosivo nuclear.

       –Empiecen por lo segundo y tendrán el problema resuelto -dijo Rido.

       El Mayor General movió negativamente la cabeza. Debían hacer las cosas sensatamente.

       –Usted se enfrenta con los problemas con una mentalidad que no es de este tiempo, Rido.

       –General: por lo que he visto hasta ahora, el hombre de mi tiempo no se distinguía en nada del hombre de esta época. Los mismos defectos y las mismas virtudes. Puede cambiar el escenario; pero los actores son los mismos.

       Estaban en el hangar subterráneo donde se conservaban los dos aparatos voladores. Habían sido llevados allí por dos pilotos fieles a la Unió, que ahora figuraban como muertos en accidente. Los aparatos se suponían desaparecidos en el mar.

       Rido estudió los mandos de ambas aeronaves. Eran de sencillo manejo. Lo curioso de los motores aéreos residía, principalmente, en que al alcanzar su máxima potencia y eficacia alcanzaron también, en todas las épocas, su máxima sencillez.

       –Usted es piloto, ¿verdad? -preguntó Aram

       –Si me pregunta si soy capaz de dominar a este cacharro, le diré que sí. Soy capaz de hacer con él cualquier cosa si es la mitad de lo que parece.

       –Aún no está completo -dijo Aram-. Le falta el blindaje antidetector que está completando uno de los nuestros.

       –Esos blindajes nunca han resultado gran cosa -dijo Rido. Luego rectificó-: Quiero decir que dentro de cinco millones de años no habrá nada realmente práctico en ese sentido.

       –El invento de nuestro compañero es eficaz -dijo Aram-. Se han hecho pruebas en los talleres y han dado pleno resultado. Se trata te una barrera antienergía; pero al mismo tiempo actúa como barrera antidetectora.

       Aram hizo una pausa y añadió:

       –Eda se lo explicará mejor que yo. Está enterada. Su fuerte es la mecánica. Yo me he dedicado más a la Química.

 

*  *  *

 

       Eda se esforzaba en ganarse el perdón de Rido. Este ya le había asegurado que no le guardaba rencor alguno. Conocidos los motivos que impulsaron a la joven a actuar de aquella forma, Rido fue el primero en pedir perdón por su comportamiento al hallarse ante ella, en el túnel, antes de conocer la historia. Así, poco a poco, fue volviendo la espontaneidad en la joven, que acompañó a Rido por todo el laberinto de pasillos y corredores subterráneos.

       –¿Qué ocurriría si la Guardia Negra descubriera este escondite? -pre-guntó Rido, que ya imaginaba lo que podía pasar.

       –Seríamos detenidos y, la mayoría de nosotros condenados a muerte -con-testó Eda-. No admitirían que nuestra conjura es en favor de la humanidad. Prefe-rirían creer, lo más simple, o sea una conjura contra la Confederación.

       –¿Nadie conoce la existencia de estos subterráneos?

       –Nadie, excepto los que formamos parte del grupo.

       La mayoría de los miembros de la Unión, vivían en los túneles, sin salir casi nunca de ellos. Los otros les surtían de víveres y de elementos de trabajo. Tenían abundante provisión de armas y de máquinas y podían fabricar cuanto necesitaran. Los túneles estaban bien ventilados. Las salidas al exterior eran numerosas. La principal era la que deberían usar los dos aparatos voladores para dirigirse a Chidos.

       El destructor Linza fue provisto de su escudo antidetector. El creador de aquel blindaje, explico sus características a Rido.

       –Las barreras antienergía son cosa corriente en todos los aparatos -expli-có el ingeniero-. Pero ésta las supera a todas, alcanzando las máximas frecuencias. Cierra todas las radiaciones en torno del aparato. Sólo no puede usarse en velocidades superiores a las de la luz; pero en esos casos no hace falta.

       –¿Se da cuenta de lo que dice al declarar que cierra todas las radiaciones en torno del aparato? -preguntó Rido.

       –Sí.

       –¿Todas? ¿Incluso las de la luz?

       –Incluso las de la luz -respondió, orgullosamente, el ingeniero inventor-. A corta distancia sólo se percibe una distorsión de la luminosidad, como en los días de mucho calor, cuando éste se eleva en ondas invisibles desde el suelo.

       –Entonces… el aparato es invisible.

       –Sí. Este es uno de sus méritos. Además tiene un dispositivo antidetector que retiene las ondas emitidas por los radiodetectores, impidiendo que retornen al aparato descubriendo su presencia en el aire.

       –Un descubrimiento así revolucionará la guerra aérea -dijo Rido.

       –Tal vez más adelante -sonrió el ingeniero-. De momento el resultado es muy reducido. La potencia del aparato es pequeña y por ello se ha aplicado, únicamente a un destructor. No lograría cubrir un aparato como el Zylos. Además tiene un defecto inevitable. Si impide al enemigo 1a localización del aparato, también impide a los ocupantes del mismo el poder ver a sus adversarios. El piloto lo dirige a ciegas, guiándose por los instrumentos de navegación.

       Durante varias horas, Rido y Planz estudiaron dentro del Linza el funcionamiento de las barreras y de los instrumentos de navegación. Costaba mucho creer que todo aquello pertenecía a cinco millones de años antes… de la época en que ellos nacieron.

       –¿No será que nos han enviado al Futuro? -preguntó Sánchez Planz.

       –No. Positivamente estamos en el pasado -dijo Rido.

       En este momento sonó una estridente campana, ¡Era la señal de alarma! ¡La Guardia Negra estaba entrando en los subterráneos!


CAPITULO V

 

 

       El Mayor General Cayan llegó en uno de los pequeños vehículos que se utilizaban para la rápida circulación por los túneles.

       -­¡La Guardia Negra ha conseguido descubrir una de las entradas! -ex-clamó-. ¡Hay que preparar en seguida el vuelo de los aparatos! Los demás tenemos que ir a detener a la Guardia. ¿Cuanto rato necesitan para disponer el vuelo?

       –Media hora -dijo el ingeniero.

       –Creo que conseguiremos detenerlo durante este tiempo -dijo Cayan.

       Se volvió hacia Rido:

       –Usted ha de tripular el Linza -dijo-. No se mueva de aquí.

       Iba a marcharse en el vehículo; pero Rido y Sánchez Planz se colgaron del mismo, gritando:

       –Lo primero es luchar. Tenemos algunas cuentas que saldar con esa Guardia Negra.

       Cayan no quiso discutir. No podía perder tiempo. Movió la palanca del acelerador y el pequeño vehículo se deslizó vertiginosamente sobre sus dos peque-ñas ruedas.

       En un par de minutos llegó a una barricada que se estaba improvisando para detener el avance de la Guardia Negra. Se habían traído desintegradoras y ca-rabinas relámpago, que se distribuían a todos los que acudían a defender aquel pa-so.

       La Guardia Negra, convencida de que no podía encontrar oposición, avanzaba por el centro del túnel procedente de la Cámara de Ejecuciones. Todos iban en formación cerrada y sus pasos resonaban amenazadoramente. Eran unos quinientos y daban la impresión de una invencible máquina guerrera.

       -­¡Qué nadie dispare hasta que yo dé la orden! -encargó el Mayor Gene-ral-. Si disparásemos demasiado pronto podrían replegarse y buscar otro camino.

       El mortal silencio de los subterráneos sólo era roto por el poderoso ¡bram-bram! de las botas la Guardia Negra sobre el duro suelo.

       A cincuenta metros de distancia se detuvieron un momento, para estudiar la barrera. Creyeron que estaba desguarnecida y que sólo se levantó para entrete-nerlos. El comandante ordenó con voz cuyos ecos llegaron a todas partes:

       –Disparad sobre la barricada; pero contra el centro. Tres disparos. Apun-tad bien. Si damos en el techo podemos provocar un derrumbamiento.

       Cayan movió negativamente la cabeza.

       –Por desgracia no existe tal peligro -dijo en voz baja a Rido-. El túnel esta abierto en la roca.

       Tres guardias se adelantaron con sus carabinas relámpago, dispuestos a disparar contra la barricada y desintegrarla o, por lo menos, abrir una brecha en ella.

       -­¡Ahora! -ordenó Cayan.

       En el subterráneo resonaron los trallazos de los disparos contra la Guardia Negra. El calor se hizo insoportable y el aire vibró con la violenta descarga de energía acumulada en las armas. Ante los ojos de Rido y de Planz, todo se hizo borroso, como si mirasen a través de un cristal que, súbitamente se hubiera empañado.

       Cuando se aclaró la visión, el subterráneo estaba vacío. Frente a la barricada sólo se veía humo y cenizas. ¡Ni un solo ser viviente!

       –Por ahora los hemos rechazado -dijo uno de los defensores.

       –Yo diría que los hemos pulverizado -comentó Sánchez Planz.

       –No nos hagamos ilusiones -dijo Cayan-. Esto no es más que una vanguardia exploradora. Detrás vendrán los carros blindados.

       Efectivamente. Diez minutos más tarde todo el túnel pareció llenarse con la inmensa mole de un carro de combate.

       –Tenemos que retirarnos -ordenó el Mayor General-. Si dispara su desintegradora nos matará a todos. Ya podría hacerlo…

       Todos los defensores se retiraron hacia un recodo del túnel. Cayan quedó solo atrás, depositando en el suelo una caja aplanada. Cuando se incorporaba para reunirse con sus compañeros se vio un verdoso fogonazo y un destello de luz atravesó la barricada y alcanzó a Cayan. El cuerpo de éste pareció encenderse. :Su luminosidad se hizo cegadora y de pronto se apagó, sin que de él quedara absolutamente nada.

       En la barricada se había abierto una redonda brecha. El blindado avanzó rápidamente. La brecha le permitía ver la ausencia de oposición al otro lado del parapeto. Lanzóse contra éste a gran velocidad y los fragmentos de la barricada volaron hasta el final del corredor.

       Cuando el tanque estaba atravesando la frágil barrera, una de sus ruedas neumáticas aplastó 1a caja depositada por el Mayor General en el suelo.

       Sonó una atronadora explosión y el aire se llenó de humo de cordita. Rido miró, asombrado, a Planz.

       Este declaró:

       –Han usado un arma antediluviana. Casi no creí que hubieran inventado la pólvora… ¿Por qué han recurrido a un trasto tan viejo…?

       Rido comprendió el motivo del uso de una mina terrestre. El blindado estaba protegido invulnerablemente por un sólido escudo antienergía. Ninguna de las armas que poseían los defensores podía hacer mella en sus barreras; pero en cambio la mina, al estallar bajo sus ruedas neumáticas había destrozado todo el sistema propulsor del carro, dejándolo inmovilizado en medio del túnel, donde su masa era una barrera para los demás blindados que siguieran llegando.

       –Vamos -dijo Rido–. Creo que necesitarán más de una hora para sacar de ahí ese tapón.

       Los defensores se fueron replegando hacia las aeronaves. Ya estaban preparadas y en la Zylos se acomodaron cincuenta emisarios. En el Linza entraron Rido, Planz, Eda, Aram y el ingeniero.

       Los demás ocupantes de los subterráneos se despidieron de los que iban a salir hacia Chidos y buscaron las otras salidas, destruyendo todo lo que pudiesen proporcionar a la Guardia Negra una pista acerca de ellos.

       La Zylos comenzó a deslizarse por la rampa de lanzamiento, que ascendía hacia la superficie. Hasta llegar a doscientos metros del Linza no puso en marcha sus tubos, a fin de evitar que el chorro de fuego alcanzase al pequeño aparato.

       –El abrir  la puerta exterior -dijo el ingeniero.

       El detector del Linza acusó la presencia en los túneles, de numerosos hombres armados. La Guardia Negra habíase abierto paso.

       –¿No salimos ya? -preguntó Planz.

       –No -contestó Rido-. Este aparato es más veloz que el Zylos. Le alcanzaríamos metiéndonos dentro de sus chorros. Hay que esperar. Ponga la barrera -pidió al ingeniero.

       –¿Intentará  salir a ciegas? -tartamudeó el hombre.

       –Si nos descubren antes de que nos pongamos en marcha, los guardas nos destruirán, ¿no?

       –Sí -dijo Aram-. Para abrirse paso hasta aquí han tenido que destruir el blindado. Los ocupantes no podían salir y no creo que sabiendo lo que podía ocu- rrirles, hayan bajado sus barreras antienergía. Para destruir el carro contra la voluntad de sus ocupantes, se ha tenido que usar artillería portátil de gran potencia.

       Rido imaginó el duro trance vivido por los ocupantes del tanque inmovilizado por la explosión de la mina. Sabían que sus compañeros necesitaban pasar y que para hacerlo cómodamente, nada mejor que usar unos proyectiles desintegradores, que convirtiesen al carro en humo. Si bajaban las barreras que envolvían al carro, cualquier carabina relámpago podía destruirlos. Por ello debieron de aferrarse a sus defensas y obligar a la Guardia Negra a emplear armas mucho más poderosas.

       Cuando la barrera antidetectora quedó cerrada en torno del Linza, Rido conectó los motores e inició un lento avance, con la mirada fija en la aguja indicadora del curso que seguían. Una pequeña desviación les precipitaría contra los muros, provocando un accidente de consecuencias fatales.

       De pronto comenzó a oír contra la barrera el choque de las descargas. La Guardia Negra no veía al Linza; pero escuchaba el ronquido de sus motores y adivinaba la situación aproximada del aparato.

       –¿Por qué no usan la artillería? -Preguntó Planz.

       –Porque no saben dónde estamos. Si en vez alcanzarnos a nosotros pegan contra el suelo o el techo, pueden provocar un desastre para todos.

       Rido aumentó la potencia. Conocía la rampa de lanzamiento. La había recorrido infinidad de veces y podía calcular con toda precisión dónde se encontraba en cada momento. Cuando estaba a unos cien metros de las enormes y pesadas puertas que daban al exterior, Rido tensó las manos sobre los mandos. ¿Qué pasaría si por cualquier motivo, el otro aparato no había conseguido abrir las puertas? Estas pesaban diez mil toneladas y sólo obedecían a determinada llave isotópica. Fallando ésta, nada era capaz de moverlas. Y si el pequeño Linza tropezaba contra el Zylos inmovilizado ante las puertas… todo terminaría entre fuego y muerte.

       Estos temores eran compartidos por todos sus compañeros, a excepción de Planz. Durante los últimos segundos, cada uno de los que sabían la importancia del riesgo que estaban corriendo, permaneció con la mirada baja y los labios apretados.

       -­¡Ya está! -exclamó, de pronto, Rido-. Ya volamos hacia el espacio libre.

       Esperó varios minutos, hasta tener la seguridad de hallarse fuera de la capa atmosférica. Entonces cortó el blindaje antidetector y pudo ver, por medio del visor general, la Tierra aun muy enorme; quedando velozmente atrás. Delante veía la fabulosa mole de Chidos. Planeta o satélite terrestre. Horas más tarde, de nuevo protegidos por el blindaje, el “Lima” se posaba en la superficie de Chidos. Ahora debían esperar el resultado de la misión de paz de la Unión.

       –Yo creo que lograrán convencerle -dijo Eda.

       –Yo sé que no conseguirán nada -replicó Rido.

       Entonces… eso sería 1a… guerra -murmuró Aram.

       –La guerra o la destrucción de todo un sistema -suspiró Eda.

       La Zy1os tardaría bastantes horas en llegar a Chidos. Los tripulantes del Linza tenían que esperar. No les quedaba otra alternativa.

       El lugar escogido para el aterrizaje estaba próximo a la capital. Cerca de allí había una de las carreteras magnetizadas sobre las

cuales, pero sin llegar a rozarles siquiera, corrían infinidad de vehículos. Ninguno de los que viajaba por aquel sitio imaginaba la peligrosa presencia del destructor.


CAPITULO VI

 

 

       Sonti recibió en su palacio la noticia de que los radiodetectores habían localizado una aeronave procedente de Tierra. No era ninguna de las que hacían el servicio regular. No parecía llevar armas ofensivas.

       –Traten de comunicar con ella -ordenó desde su despacho, que estaba siendo preparado para convertirse dentro de un momento, en cuartel general.

       El operador llamó un momento después, explicando:

       –Se trata de una misión de paz, Excelencia.

       –¿Oficial? -preguntó, esperanzado, Sonti.

       Tras un silencio, el operador explicó:

       –No, Excelencia. Se trata de un grupo de científicos que vienen a pedir la preservación del mundo.

       –Están locos. No tengo tiempo que perder en atenderlos. ¡Que sean destruidos!

       –Sí, Excelencia -respondió el operador.

       Retransmitió la orden y en un punto del cielo, uno de los destructores de Chidos, que mantenían una discreta vigilancia, se precipitó sobre el lento aerotransporte de la Unión. El piloto apunto a placer y dos verdosas bolas partieron de sus atomizadores, alcanzando al Zylos en un costado y convirtiéndolo en una bola de fuego que se apagó en un instante.

       El operador comunicó a Sonti:

       –Misión cumplida, Excelencia.

       –Bien -aprobó el tetrarca-. ¡Ya ha llegado el momento!

       Se daba cuenta de que si retrasaba por más tiempo su ataque a la Confederación, ésta podía anticiparse y anular su trabajo de tantos años. Le hubiera gustado aumentar a diez mil el número de destructores; pero presentía que desde el momento en que una comisión de locos estaba enterada de sus proyectos, los cuerdos debían de estar mucho mejor enterados.

       Una hora más tarde, desde Chidos se lanzaba a todos los Planetas de la Confederación de Treinta Soles el ultimátum de Sonti: Rendición incondicional o exponerse a ataque fulminante de bombas voladoras con explosivos bacteriológicos contra los cuales no había defensa alguna.

       Rido y Planz captaron la emisión del ultimátum. Luego oyeron lo que había sido del Zylos.

       –Debemos atacar en seguida -dijo Pablo-. Avisa a los demás.

       En este preciso instante sonaron unos gritos femeninos. Eran la voz de Eda. Rido y Sánchez Planz corrieron hacia el lugar de donde procedían y vieron a Eda y Aram luchando contra unos policías de verde uniforme. El ingeniero yacía en el suelo, sin vida. Otros cuatro policías acudían, desde un vehículo detenido en la carretera, en ayuda de sus compañeros. Rido disparó dos veces la pequeña desintegradora que había sacado del aparato. Dos de los guardias verdes cayeron; pero los otros apuntaron sus armas contra Eda, prometiendo matarla si los demás no se rendían.

       –Hemos durado poco -suspiró Planz.

       –Han debido de localizarnos -dijo Rido, soltando su pistola-. Por allí vie-nen más miembros de la Guardia Verde.

       Lo que más sorprendió a Rido, fue que a ninguno de los policías se le ocurriera buscar el aparato en que ellos habían llegado a Chidos. Más tarde comprendió el por qué del desinterés. Les suponían saboteadores llegados mucho tiem-po antes. En los últimos meses, los radiodetectores no habían localizado a ningún aparato volador, excepto el Zylos. Ninguno de ellos creía en la posible existencia de un destructor invisible.

       Mientras el Linza permaneciera donde estaba, quedaba para los cuatro supervivientes una esperanza, aunque muy remota, de salvación.

 

* * *

 

       En un pequeño vehículo fueron conducidos a la capital de Chidos. Por doquier se oían las voces de los emisores públicos, anunciando la grata nueva de la rebelión de Chidos contra la Confederación.

       Por las calles de la inmensa ciudad se veía a los hombres que marchaban a sus puestos de trabajo. Grupos de jóvenes, conducidos por oficiales de la Guardia Verde, se dirigían a sus puntos de acuartelamiento.

       En el palacio de Sonti reinaba una gran efervescencia. Oficiales con uniformes completamente nuevos se mezclaban con los veteranos de la Guardia Ver-de, único cuerpo armado existente hasta entonces, además de la reducida Guardia Dorada personal de Sonti.

       Los cuatro prisioneros fueron conducidos a una sala de operaciones aéreas, donde toda la pared estaba ocupada por un mapa del espacio. En un punto de aquel mapa se veían unos puntos negros. Rido comprendió que aquellos puntos indicaban la concentración de la escuadra aérea de la Confederación.

       Un altavoz anunció:

 

       “Unidades de la Flota Aérea de la Confederación de los Treinta Soles. ¡Atención! Completen sus operaciones de agrupamiento. Diríjanse hacia Chidos. Abran pliegos correspondientes y sigan instrucciones. Aquí Ministerio de la Gue-rra y del Aire conjuntados. No se dará contraorden. Si Chidos ofrece resistencia obren de acuerdo con las instrucciones. ¡Cortamos! ¡Viva la Confederación de los Treinta Soles! ¡Mueran los traidores!”

 

       El enérgico mensaje llenó de palidez muchos de los rostros que allí estaban. Rido pensó que también estaban muy pálidos los que habían ordenado la emisión de aquel amenazador discurso. Todos tenían miedo, pero a nadie se le ocurría buscar una solución sensata.

       Una voz de Chidos sonó ahora en el altavoz:

       –La lucha será muy breve. El enemigo, corrompido por los vicios y la molicie, no puede luchar. Lo barreremos del espacio… ¡Lucharemos hasta la victo-ria total! ¡Viva Chidos! ¡Viva Sonti! ¡Mueran los traidores!

       Eda se volvió hacia Rido.

       –Será el fin del mundo -dijo.

       –Temo que ese fin sea ya inevitable -suspiró Rido-. Cuando la locura estalla, sus efectos son muy contagiosos. A todos les convendría ceder; pero no cederán. Mire, Eda. La Flota de 1a Confederación se está acercando.

       Los puntos negros del mapa se movían hacia Chidos. Los encargados de las operaciones aéreas llamaron a varios puntos. Luego en el mapa aparecieron unos puntitos verdes que se movían al encuentro de la Flota enemiga.

       –Son los destructores de Chidos -dijo Aram-. No conseguirán nada.

       Sonti llegó en este momento, vestido con el uniforme de mariscal de las Fuerzas Armadas de Chidos. En torno a él todo fueron saludos y vítores; pero los saludos eran demasiado rígidos y los aplausos carecían de entusiasmo. La visión de la flota enemiga avanzando contra Chidos ponía espanto en todos los corazones.

       –Que el enemigo sea destruido por nuestros destructores -ordenó Sonti.

       Luego volvióse hacia los cuatro detenidos.

       –¿Qué tal, capitán Rido? -saludó-. Ni por un momento me tragué la mentira de su muerte.

       Ordenó que los prisioneros fueran conducidos, bajo escolta, a su despacho, en lo alto del edificio. Cuando estuvo allí con ellos y los guardas que los vigilaban, acercóse a Rido y preguntó:

       –¿Ha venido porque le interesa entrar a mi servicio?

       –¿Qué condiciones ofrece? -preguntó Rido.

       –¡Magníficas! No se quejará de mi generosidad. Siempre he sido muy generoso con mis servidores.

       –¿Piensa ofrecerme el pilotaje de uno de sus destructores?

       –De una escuadrilla.

       –¿Para ir a morir ante las naves de la Confederación?

       –Para participar en su destrucción.

       –No sea usted loco, Sonti. Aun no es el más fuerte. Puede destruir a todos sus enemigos, lo creo pero no puede hacerlo sin destruirse a sí mismo.

       –Tengo armas muy poderosas, Rido.

       –Pero no es lo bastante fuerte para poder evitar el hacer uso de esas armas. Si las emplea destruirá el mundo; pero ellos le destruirán a usted, también.

       Sonti alzó, orgulloso, la cabeza.

       –No pueden salvarse.

       –Ni usted. ¿Sabe lo que hará la Flota de la Confederación cuando llegue sobre Chidos? Usará bombas para provocar una explosión en cadena de los átomos de nitrógeno. Todo Chidos desaparecerá en poco tiempo.

       –No podrán hacerlo.

       –Ya lo veremos.

       Abajo empezó a sonar la comunicación entre los destructores y Chidos. Continuamente se derribaban aeronaves de la Confederación; pero al mismo tiem-po caían a docenas los destructores.

       Cuando, al cabo de una hora, el locutor dio el parte, Sonti palideció como un muerto.

       –Hasta el momento… llevamos perdidos dos mil novecientos cuarenta destructores. Siguen ciento once en lucha. Las pérdidas enemigas son de seis mil ciento nueve aeronaves. Siguen en vuelo… cuatro mil ochocientas cinco.

       Rido se volvió hacia Sonti.

       –Ya sabe el resultado. Una victoria pírrica…

       –¿Qué dice…? -preguntó, nerviosamente, el rebelde de Chidos.

       –Quiero decir que ha derribado usted doble número de aparatos que sus enemigos. La proporción es de dos a uno a su favor; pero a usted se le han terminado ya las fuerzas y ellos conservan lo suficiente para destruirle. No sea loco y pida la paz.

       -­¡No! ¡Lucharé hasta el fin!

       Fue al micrófono y ordenó:

       -­¡Disparen los proyectiles! ¡Todos!

       Casi al instante el cielo, que se veía a través de la gran ventana del despacho, se llenó de estelas rojizas, amarillas y verdes.

       –La barbarie se dirige hacia los veintinueve Planetas -dijo Sonti-. ¡Ya está! ¡Ahora sabrán quién soy yo…!

       Sobre Chidos se oía el agudo silbido de los tubos de las aeronaves de la Confederación. Habían empezado a caer bombas; pero se trataba de proyectiles destinados a localizar los objetivos.

       Sonti se acercó a un armario metálico, lo abrió y sacó de él una caja. A pesar de la distancia, Rido leyó en ella:

       “Antídoto”.

       Con la caja en la mano, el tetrarca se dirigió hacia la terraza desde la cual había prometido acabar con la Tierra.

       –Voy hacia mis enemigos -dijo-. Yo reconstruiré‚ lo que he destruido.

       Rido comprendió las intenciones de Sonti. Iría a la Tierra con algunos de los suyos, y provistos del antídoto curarían a unos cuantos monstruos, para hacer de ellos sus esclavos. Empezaría un nuevo mundo desde las ruinas del anterior.

       -­¡Que los fusilen a todos! -ordenó Sonti, desde la puerta de la terraza, señalando a los prisioneros-. Me hubiera gustado que usted, Rido, hombre del mañana, colaborase conmigo; pero…

       Una violenta explosión conmovió el edificio. El bombardeo de Chidos se acentuaba. Aprovechando la sorpresa de los guardas verdes, Rido se lanzó sobre uno de ellos, el más próximo, y le derribó de un puñetazo, arrancándole la carabina de energía. Antes de que pudiera utilizarla, vio venia sobre él a un fornido guarda. Sólo tuvo tiempo de levantar furiosamente la rodilla y alcanzar en pleno rostro al guarda, que se desplomó sin sentido, con la cara ensangrentada. Luego, un rápido movimiento en abanico, llevó desde la carabina la muerte sobre los restantes guardas.

       Vacía ya el arma, Rido la tiró y corrió en pos de Sonti. Le alcanzó cuando intentaba meterse dentro de un pequeño aparato volador, posado en la terraza. Tiró de él y comenzó a golpearle con los puños. Sonti era un atleta y replicó de la misma forma, sin oportunidad para sacar ningún arma.

       -­¡La caja, Eda! -gritó Rido, al ver que Sonti soltaba el estuche.

       La joven la cogió mientras el aire se llenaba de fogonazos y de humo. Las explosiones resonaban por doquier. En el aire mandaban los restos de la armada de la Confederación, pero entre ellos y el suelo, el espacio aún estaba lleno de estelas luminosas dejadas por los proyectiles dirigidos hacia todos los planetas y cargados de horribles virus.

       Por fin Sonti consiguió desenfundar su atomizadora; pero antes de que pudiese usarla contra Rido, Planz le lanzó un trozo de vigueta de acero, que había arrancado de un soporte. El proyectil, impulsado con salvaje energía, se hundió en el corazón de Sonti.

       –Así terminan siempre los locos -dijo Rido, pegado con el pie al muerto-. Vamos. No podemos perder ni un segundo más.

       Los hizo subir a todos en el aparato. Era parecido al Linza; pero sin escudo de invisibilidad.

       –Sujétense bien los cinturones -dijo-. Hay que salir de aquí antes de que empiece la reacción en cadena de los  tomos de nitrógeno.

       El destructor ascendió vertiginoso. Todos tuvieron la sensación de que se quebraban por la mitad hasta que, al fin, dejaron atrás la atmósfera de Chidos.

       También dejaron tras de ellos los restos de la flota que seguía bombardeando Chidos con sus proyectiles reactores. El planeta empezaba a estallar.

       –Si no se retiran pronto serán destruidas -dijo Rido, refiriéndose a las aeronaves.

       –No se retirarán -dijo Aram-. La orden es de destruir Chidos y no se irán hasta verla cumplida.

       De pronto, todos los planetas se iluminaron con la intensa luz proyectada desde Chidos. El planeta había estallado como una bomba, devorando en su holocausto a toda la flota de la Confederación. Por doquier salían despedidos fragmentos de roca y hierro, llenando el espacio de asteroides y aerolitos.

       ¡Era el fin de un mundo!


CAPITULO VII

 

 

       Estaban de nuevo en a Tierra, junto al mar, tendidos en la arena y contemplando el extraño efecto de un Chidos reducido a su menor expresión.

       –Es la Luna -dijo Sánchez Planz.

       –Es tal como nosotros la conocíamos -dijo Rido-. Si Sonti viera a lo que ha quedado reducido su imperio… se moriría de nuevo.

       Eda se frotó el brazo. Aún le dolía la inoculación del antídoto que la había salvado a ella y a los demás de convertirse en los monstruos que ahora corrían por los campos y montañas de la Tierra.

       Toda la población humana había desaparecido convertida en monstruosa fauna que ya había empezado a luchar entre sí.

       Cuando Rido y sus amigos regresaron a la Tierra, ésta se hallaba envuelta en vapores de las explosiones de los proyectiles cargados de virus. Aunque no sabía si el antídoto era realmente contra aquello, lo aplicó a sí mismo y a sus compañeros, dando por hecho que Sonti, al coger aquella caja, antes de huir, pensó refugiarse en la Tierra para salvarse del contagio y salvar a algunos seres más con los cuales rehacer la civilización por él destruida.

       Parte de las ampollas que contenían el antídoto se rompieron; pero quedaban las suficientes para salvar a medio centenar de aquellos pobres monstruos, que huían del hombre, refugiándose en las cumbres y en los árboles.

       –De momento somos los últimos cuatro habitantes de la Tierra -dijo Sánchez Planz.

       Como si quieran llevarle la contraria, se oyó un chasquido y la máquina del tiempo apareció ante ellos, junto a un prado. Se abrió la puerta y apareció el comandante Arthur.

       -­¡Capitán Rido! ¡Por fin le encuentro! ¡He estado viniendo durante varias semanas!

       Arthur corrió hacia Rido, abrazándole lleno de alegría.

       –Miklos Galer ha dimitido. Usted puede volver, capitán. Le esperan para recibirle en triunfo…

       –Casi temí que se hubiera olvidado de nosotros -dijo Rido-. Creo que tal como se ha quedado este mundo, lo mejor es regresar al nuestro; Vamos, Eda. Y usted también, Aram. En la máquina hay sitio para todos.

       Eda movió la cabeza.

       –No podemos hacerlo -dijo-. Nuestro lugar está aquí.

       –Sí -asintió Aram-. Debemos quedarnos. Hay que reconstruir lo destruido. Cazaremos animales y les devolveremos la forma humana con el antídoto…

       –Como ustedes quieran -dijo Rido-. No insisto.

       Planz le miró asombrado. No le parecía propio de Rido dejar a una pareja sola en un mundo hostil, Los dos últimos habitantes de la Tierra. Pero, como siempre, obedeció al empujón que le dio Rido y, con Arthur entraron en la máquina del tiempo, para regresar a cinco millones de años más hacia el futuro.

       –¿Por qué no les obligas? -preguntó Planz a Rido.

       –No se puede interferir. ¿Lo has olvidado? Cuando se viaja hacia el pasado no hay que interferir el curso de los acontecimientos. Esos dos… ¿No te dicen nada sus nombres?

       –¿Eda y Aram? No… no me dicen nada. ¿Por qué?

       –Sé menos cortés y pronúncialos poniendo al hombre antes que la mujer.

       –Aram y Eda… Pues… ¡Eh! ¡­Oye! Pero si parecen…

       –Sí -sonrió Rido-. Eso es lo que parecen. Con el curso de los siglos cambiarán un poco. Y en vez de Aram y Eda, probablemente diremos Adan y Eva, los primeros habitantes de la Tierra, o los últimos del mundo en que nacieron.

       -­¡Pues vaya trabajo que tienen por delante! -exclamó Sánchez Planz.

       –No te quepa la menor duda de que sabrán llevarlo a cabo. Gracias a ellos, la Humanidad renacerá sobre la Tierra. Será una labor de millones de años; pero la realizarán.

       Rido agitó la mano hacia Eda y Aram, que estaban juntos, despidiendo a los amigos que volvían hacia un mundo que al pensar en sus primeros padres los llamaría Adán y Eva. Un pequeño error, desde luego, mas no tan grande si se tenía en cuenta que durante cuatro millones novecientos setenta y siete mil años, los nombres serían transmitidos sólo de palabra, porque hasta pasado este tiempo, el hombre no aprendería a escribir.

       La puerta de la cabina se cerró suavemente y, al abrirse de nuevo, Rido estaba a cinco millones de años de distancia de los últimos habitantes de la Tie-rra… o de los primeros…

 

 

F I N

 

01 DEUS E AS CAUSAS PRIMARIAS

0


A AFIRMAÇÃO DA EXISTÊNCIA DE DEUS PROVADA PELAS OBRAS DA CRIAÇÃO

Por Bocage

Bocage é um poeta muito maltratado. Esquece-se o seu melhor, que é a limpidez de intenções da sua última fase, a adesão sincera ao Cristianismo, o seu arrependimento alto e bom som proclamado: «Saiba morrer o que viver não soube!», «Rasga meus versos, crê na Eternidade!».
Ao seu soneto intitulado «A existência de Deus provada pelas obras da criação», acrescenta-se, como um complemento, o «Hino a Deus».

Os milhões de áureos lustres coruscantes
Que estão da azul abóbada pendendo:
O Sol e a que ilumina o trono horrendo
Dessa que amima os ávidos amantes:

As vastíssimas ondas arrogantes,
Serras de espuma contra os céus erguendo,
A leda fonte humilde o chão lambendo,
Lourejando as searas flutuantes:

O vil mosquito, a próvida formiga,
A rama chocalheira, o tronco mudo,
Tudo que há Deus a confessar me obriga:

E para crer num Braço, autor de tudo,
Que recompensa os bons, que os maus castiga,
Não só da fé, mas da razão me ajudo.










Pelo Visconde de Azevedo
Do Visconde de Azevedo (21/1/1809-25/12/1876) escreveu Camilo que “tinha a singularidade fenomenal de ser sábio e rico”. Teve uma intervenção cultural variada e oportuna.
Escreveu uma fundamentada e longa carta para prefaciar o livro de Camilo A Divindade de Jesus, que saiu em 1865, ano da Questão Coimbrã, e que refutava principalmente Renan; publicou outra carta dirigida ao seu amigo Alexandre Herculano a refutar a argumentação que ele aduzira contra o encerramento das Conferências do Casino; foi da sua iniciativa o primeiro Congresso dos Escritores Católicos, de que foi orador de abertura; colaborou no Dicionário de Inocêncio; etc.
O seu livro Distracções Métricas foi colocado em linha pelo Google. Nele se encontra o soneto seguinte, escrito num período em que vários intelectuais portugueses se começavam a desviar não só da Igreja mas mesmo da crença em Deus.

A EXISTÊNCIA DE DEUS
Essa dos altos céus magnificência,
A terra, o ar, o fogo, o mar salgado,
O tempo inquieto e o espaço sossegado,
De um Criador proclamam a existência.

Em vão descrê e nega esta evidência
Filósofo atrevido e desvairado,
Que a si mesmo e a tudo o mais criado
Busca no cego acaso a prima essência!

Todos os seres, toda a natureza
Mostram Autor eterno e sábio e forte,
Que o vício odeia e que a virtude preza.

Mas a sempre infeliz humana sorte
Faz que somente a um Deus nega ou despreza
Quem deve inda viver além da morte
!